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   Chile el auge de las empresas de biotecnología agropecuaria

En pocos años desplazaron a la competencia extranjera y varias ya incursionan exitosamente en las exportaciones.

A estas alturas de 2007, el aeropuerto de Santiago es casi la segunda casa de Alberto Farcas. La semana pasada, el gerente de Investigación y Desarrollo de Centrovet, un laboratorio de salud animal, partió a hacer negocios a Europa del Este. Con este recorrido está a punto de cumplir una veintena de viajes al exterior este año.

La ruta de negocios de estos meses ha llevado a Farcas a destinos tan lejanos como Minsk y Saná, las capitales de Bielorrusia y Yemen, respectivamente. De hecho, este lunes se encuentra en Jordania, luego de arribar desde Bulgaria. Todo con el afán de vender las vacunas y remedios para aves y cerdos que produce la compañía que fundó.

Y los viajes le han resultado fructíferos. El laboratorio afincado en Cerrillos, comuna del sur poniente de Santiago, está peleando de tú a tú con laboratorios transnacionales.

De hecho, en ciertas naciones, Centrovet está arrasando: en Ucrania es el responsable del 90% de la venta de remedios para aves, mientras que en Corea alcanza el 40% de los medicamentos para cerdos. En total exporta a 44 mercados.

"Incluso hay veces que hasta yo me sorprendo de que una empresa chilena, lejos de los países desarrollados y con un origen familiar, desplazara a laboratorios gigantescos en lugares muy exigentes", afirma David Farcas, gerente de Centrovet.

Lo interesante es que la compañía de Cerrillos no está sola. Una incipiente generación de empresarios biotecnológicos, o "bioempresarios", chilenos está dando que hablar en el entorno local e internacional.

Para ver una muestra del agresivo crecimiento de estos innovadores, se puede mirar el mercado de la salud para aves, cerdos y salmones.

Hasta hace una década, este segmento estaba dominado casi en su totalidad por empresas europeas y estadounidenses.

Con el cambio de siglo, los chilenos entraron a la pelea y en un lustro tomaron el control del 65% de las ventas. Nada mal para un sector que mueve cerca de US$ 100 millones al año.

La oferta suma y sigue. La canasta biotecnológica "made in Chile" hoy incluye, además de las vacunas para aves, la reproducción de arándanos in vitro, pasando por kits de diagnóstico de enfermedades en cerdos.

En general, se trata de tecnologías ya desarrolladas en el exterior, que son adaptadas por las empresas locales y que se venden con un paquete de servicios especialmente adaptado para el cliente.

Detrás de ese boom de empresas biotecnológicas hay un elemento común: todas nacieron al alero del sector agropecuario y salmonero.

La locomotora exportadora

A nivel internacional, el caso chileno es un hecho excepcional. Pero lo extraño no pasa solamente porque sea un país alejado de los grandes centros de desarrollo científico. Tampoco es que el boom se produzca en un país con escasa tradición de desarrollo biotecnológico.

Lo que más llama la atención a nivel internacional de la estrategia de este lado de Sudamérica es que está enfocada en los recursos naturales renovables. En economías como la de Estados Unidos, Escandinavia o Canadá, por nombrar los líderes, el desarrollo biotecnológico en su casi totalidad está enfocado a la medicina humana.

¿Cómo es que un grupo de innovadores chilenos fue capaz de quebrar el status quo de la biotecnología mundial? La respuesta tiene forma de dicho popular: "Quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija". Y en este caso el paraguas es el sector alimentario.
Como no se han cansado de repetir Alberto y Mario Montanari, los impulsores del "Chile potencia alimentaria", el sector alimentario chileno es el que crece en forma más agresiva a nivel mundial. Sólo en el caso de los salmones, cerdos y aves, las exportaciones conjuntas pasaron de US$ 544 millones en 1996 a US$ 2.689 millones el año pasado.

"Los chilenos somos los chinos del sector alimentario mundial. Estamos conquistando todos los mercados", resume Alberto Montanari, presidente de Chilealimentos.

De hecho, se espera que los envíos de alimentos lleguen este año a la friolera de US$ 10 mil millones. Una locomotora que avanza a toda velocidad.

Y para correr con ese dinamismo, la maquinaria exportadora demanda ingentes cantidades de biotecnología. La pérdida de aves por enfermedad significa dejar de abastecer clientes; no tener plantas clonadas implica calidades disparejas de frutos. En definitiva, pérdida de competitividad para el país y menos plata para el bolsillo de los exportadores y productores.

Altas exigencias

Eso sí, la cosa no es coser y cantar.

Como se trata de empresas que venden sus frutas o carnes en mercados de alta exigencia, hay que superar una alta valla para ser su proveedor de plantas clonadas o de vacunas.
"El estándar de calidad que tienes que tener para competir en Chile está entre los más altos. De hecho, en la fruta, el rubro que más conozco, estamos en la vanguardia mundial", afirma Andrés Ariztía, gerente de Chile Agro, empresa especializada en biorreguladores del crecimiento de plantas.

Cómo reconoce David Farcas, no sólo deben demostrar resultados concretos en sus productos, sino que también deben estar dispuestos a tener una transparencia total.

"Una empresa salmonera no sólo examina todos los procesos de producción, sino que quiere saber quién trabajó en la elaboración de la vacuna y también investigar a tus proveedores de materias primas. En definitiva, para poder funcionar en este negocio tienes que tener todos tus procesos industriales certificados y con trazabilidad", afirma el gerente de Centrovet.

Pero para bailar tango se necesitan dos, y lo positivo es que las empresas alimentarias han estado dispuestas a darles una oportunidad a los proveedores chilenos. Perfectamente podrían haberse quedado en el prejuicio de que la mejor tecnología proviene sólo del extranjero.

Sin embargo, se atrevieron. Por ejemplo, muchas de las vacunas que hoy existen para los salmones se lograron gracias a que las empresas piscícolas proveyeron de cardúmenes para probar los desarrollos locales en sus etapas iniciales.

Otra barrera a pasar es la del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), que realiza sus propios y severos controles. La ventaja es que el organismos estatal según los "bioempresarios" tiene un excelente nombre a nivel internacional, lo que permite exportar con relativa facilidad si llevan los certificados del SAG.

Y aunque las altas exigencias pueden sonar a un dolor de cabeza seguro, les permiten a las compañías biotecnológicas partir "a lo grande".

En términos simples, competir afuera, aunque implica un salto en la comercialización, no significa un mayor desafío técnico. El servicio militar lo hicieron en Chile.

Enfoque comercial

Para ganarle a los laboratorios transnacionales no bastó sólo que los exportadores de alimentos se abrieran a la posibilidad de trabajar con chilenos. Las empresas que dieron el salto fueron las que lograron enfocarse ciento por ciento en lo que los clientes querían.
Lo que puede sonar de perogrullo para otros rubros económicos, en el caso de la biotecnología hecha en Chile no es algo que históricamente fuera así. El incipiente desarrollo de esta área todavía está en buena parte concentrado en las aulas universitarias.

La inclinación de los académicos por la ciencia básica más que por la aplicada, hace que rara vez entren en sintonía con las necesidades del mundo empresarial. De hecho, la venta de servicios o productos es vista en los claustros universitarios sólo como un subproducto de la labor de investigación.

"Cuando hicimos el plan de negocios de nuestra empresa, nos dimos cuenta que había una demanda insatisfecha por la micropropagación de frutales. Como las universidades tenían otros intereses, no se cumplían los plazos de entrega de las plantas in vitro y no había un mayor interés por desarrollar nuevos productos que en el futuro pudieran interesar a los viveros", afirma Roni Gloger, gerente de Altalena.

El enfoque comercial queda claro en la decisión de Altalena de partir con la producción de arándanos in vitro, la planta más demandada en la actualidad por los agricultores.
Según cuenta Gloger, ingeniero comercial de profesión, a los tres meses de trabajo ya contaban con un flujo de caja positivo, algo muy difícil para una empresa que parte en cualquier sector de la economía.

Es justamente la sintonía fina con la comercialización el arma de triunfo de los "bioempresarios" frente a la competencia internacional.

"Nos ha pasado que el viernes en la noche un empresario salmonero nos llama para pedirnos remedios en forma urgente. El sábado en la mañana ya se lo estamos despachando. Para el cliente, cualquier demora implica perder negocios e ingresos, por lo que valora mucho la capacidad de respuesta inmediata. De hecho, a mí se me va la vida en la logística. Un tercio de mi trabajo consiste en verificar que todo llegue a tiempo. Y si existe un problema, siempre hay que dar la cara y estar dispuesto a firmar un cheque para compensar el daño", afirma David Farcas.

El futuro

Respecto del próximo paso que deben dar las empresas biotecnológicas chilenas, hay consenso entre privados y autoridades: hay que saltar al mercado externo.

Si bien las compañías con más trayectoria exportan con éxito, por la corta vida de la mayoría de ellas, todavía están enfocadas en el mercado interno.

"En la medida que consoliden sus flujos de caja, sofistiquen su oferta tecnológica y desarrollen una plataforma comercial eficiente, van a comenzar a exportar. Mi proyección es que en una década más vamos a tener una cincuentena de empresas biotecnológicas vendiendo sus productos en el exterior", afirma Orlando Jiménez, subgerente de Programas Estratégicos de la Corfo.

Entre los "bioempresarios" existe confianza en la internacionalización de las empresas chilenas.

En el sector se destaca que cada vez se forman más PhD en áreas de biología en Chile y que el Estado está implementando programas con recursos importantes para insertar a los nuevos científicos al interior de las empresas.

A ello se suman las subvenciones que Innova está entregando al desarrollo de investigación aplicada en las empresas.

Eso sí, se echa de menos una mayor celeridad en la burocracia universitaria. En la actualidad, a pesar de lograr el interés de los académicos, se cae en una dinámica administrativa digna de una historia de Franz Kafka.

En todo caso el espíritu está en alto.

"Hay que pensar en grande. Si como empresa logramos vender remedios para las salmoneras chilenas, podemos triunfar en cualquier lado. Es sólo cosa de tiempo que logremos una parte importante del mercado en Noruega", concluye David Farcas. n
El ADN de los "bioempresarios"

Pese a que reconocidos líderes biotecnológicos como Geraldine Mylnarz, cabeza de Diagnotec, o Hugo Zunino, de Veterquímica, provienen de las aulas universitarias. Crecientemente el perfil de los empresarios está dejando de ser científico y tomando un claro perfil comercial.

Por ejemplo, en el caso de Altalena, si bien uno de los propietarios es Roberto Hojman, director del Departamento de Ciencias de la U. Adolfo Ibáñez, la gestión está a cargo, de Roni Gloger, ingeniero comercial de la U. de Chile. En el caso de Centrovet pasa algo similar, pues David Farcas es Ingeniero Industrial de la Universidad de Chile y MBA de la U. de California en Berkeley.
Fuente:  Medios y Agencias

 
"Chile el auge de las empresas de biotecnología agropecuaria"

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