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   Enfermedades emergentes: viejas conocidas y nuevas desconocidas

Se trata de enfermedades nuevas o ya conocidas, que reaparecen con una incidencia rápidamente creciente o en nuevas zonas geográficas. La aparición de estas enfermedades está asociada a la evolución de los agentes patógenos, que ya existían anteriormente y que da lugar a un cambio de hospedador, vector, poder patógeno o cepa. También se considera como emergente una enfermedad de nueva aparición que no se conocía anteriormente.

El comercio internacional y el movimiento de poblaciones, la inmigración, entre otros factores, pueden crear las condiciones para la propagación de nuevos agentes patógenos, favoreciendo así la transmisión de infecciones y epidemias entre países y regiones.

Durante siglos estas enfermedades han representado, junto a las guerras y el hambre, las principales amenazas para el progreso y la supervivencia de la humanidad, y en algunos casos pueden llegar a producir situaciones de riesgo y crisis epidémicas, tal y como ha ocurrido con el síndrome respiratorio agudo grave (SARS), la gripe aviar y las fiebres hemorrágicas, entre otros muchos casos.

La investigación en estas enfermedades está orientada a la prevención y control de las mismas: sistemas de vigilancia epidemiológica, diagnóstico precoz de los casos, desarrollo de nuevos tratamientos y vacunas, y aplicación de las vacunas en los países con menos recursos.

El término reemergente se refiere a una enfermedad ya conocida, generalmente de curso endémico, que no causaba problemas, pero que en un momento determinado modifica su virulencia, distribución geográfica, hospedadores susceptibles o aumenta su virulencia y se transforma en un problema de salud pública.

Los procesos emergentes y reemergentes que afectan a las especies salvajes pueden tener repercusión en salud pública porque se pueden transmitir a las personas (zoonosis), como ocurre con la brucelosis o la tuberculosis.

Con anterioridad a los años 70 del siglo XX, los esfuerzos de la OMS y de los países desarrollados se dirigieron principalmente al control de las enfermedades transmisibles, obteniendo éxitos importantes entre los que destacan la eliminación del paludismo de amplias zonas del planeta y la erradicación mundial de la viruela, y se tenía el propósito de erradicar, antes de que finalizara el siglo, la dracunculosis y la poliomielitis.

Aunque potencialmente, podrían asimismo ser erradicadas la filariasis linfática, la parotiditis, el sarampión, las teniasis solium y saginata y las cisticercosis, para la mayoría de las enfermedades infecciosas, la erradicación no era un objetivo totalmente realista.

Hacia los años 80 se produjo una disminución del interés y de la atención que se prestaba a las enfermedades transmisibles por los funcionarios de Salud Pública, los médicos e investigadores, pasando a ser las enfermedades crónicas degenerativas el centro de atención, debido a la errónea apreciación de que las enfermedades transmisibles ya estaban vencidas, que eran algo perteneciente al pasado, y al falso sentimiento de seguridad frente a los peligros suscitados por dichas enfermedades; falsa seguridad cimentada en el exceso de confianza en los sofisticados sistemas asistenciales de los países desarrollados, dotados con una importante masa de nuevas técnicas médicas y un potente arsenal terapéutico, posiblemente el mayor que nunca tuvo la Humanidad.

Con estos nuevos poderes, se pensó que se era capaz de desarmar y resolver cualquier amenaza infecciosa, por grave que fuera.

Resultados de estos cambios fueron una disminución en conjunto de los programas frente a las enfermedades transmisibles y el deterioro de la vigilancia; es decir, que se bajó la guardia, olvidando estos asuntos en las asignaciones presupuestarias, y produciéndose una importante disminución de la pericia técnica frente a las enfermedades infecciosas tradicionales.

Esta grave erosión de la infraestructura en el ámbito de las enfermedades transmisibles afectó directamente a la capacidad mundial para reconocer y responder frente a las nuevas enfermedades emergentes y reemergentes.

El SIDA vendría a demostrar cuan equivocados estaban los que así pensaban y actuaban. Desde que comenzó la pandemia, en 1981, hasta el 20 de noviembre de 1996 fueron declarados a la OMS 1.544.067 casos del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, aunque se estima en 8.400.000 el número real de casos ocurridos en adultos y niños desde que comenzó la epidemia, de los cuales más del 75 por ciento corresponderían a África, el 4 por ciento a Europa, el 7 por ciento a Latinoamérica y al Caribe, el 8 por ciento a los EEUU, el 6 por ciento a Asia, y menos del 1 por ciento a Australia y Nueva Zelanda.

El número de infectados por SIDA, a finales de 1996, se estimó en más de 22.6 millones de adultos y niños, y sigue aumentando descontroladamente en el África subsahariana y en el sur y sureste asiático. En

En España, en 1997 se habían declarado 45.132 casos, de los que ya fallecieron el 54.4%. El número de nuevos casos de sida diagnosticados en España en 2005 ascendió a 1.873, lo que supuso un descenso del 11,5 por ciento respecto a 2004, cuando se produjeron 2.116 infecciones, según información del Ministerio de Sanidad y Consumo.

No se cumplió el pronóstico que auguraba No se cumplió el pronóstico que auguraba el final de las enfermedades transmisibles.

Finalizado el siglo XX y mientras algunas de éstas enfermedades van disminuyendo o desaparecen, surgen otras nuevas y aumentan algunas que se consideraban controladas.

Se descubren nuevos gérmenes, más de treinta en los últimos veinte años, productores de nuevas enfermedades o síndromes como:

-La enfermedad de los legionarios que, apareció en el verano de 1976 en Filadelfia, al tiempo que se erradicaba la viruela;

-La enfermedad de Lyme, la enfermedad humana transmitida por garrapatas más frecuente;

-El síndrome del choque tóxico;

-El SIDA;

-La hepatitis C;

-El síndrome pulmonar por hantavirus, que afectó al sureste de los Estados Unidos;

-La erlichosis humana;

-La fiebre hemorrágica venezolana;

-La angiomatósis bacilar;

-La fiebre hemorrágica brasileña;

-La fiebre hemorrágica causada por el virus Ebola, en África;

-La variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob, producida por el prión de la encefalopatía espongiforme bovina, en el Reino Unido;

-La colitis hemorrágica con síndrome hemolítico urémico debida a los E. coli enterohemorrágicos, productores de toxinas similares a la shiga, de los que el prototipo es el E. coli 0157:H7 de sobrenombre «bicho de las hamburguesas» (burger bug) por ser las éstas y las carnes picadas de vacuno su vehículo más frecuente.

Han resurgido con fuerza enfermedades como la tuberculosis, en Estados Unidos, y se van dando casos en España; el cólera eltor en Íbero América, continente en el que no aparecía desde hacía cien años, produciendo desde 1991 más de un millón de casos y 10.000 defunciones, y en África 555.000 casos y 33.000 defunciones, y con un nuevo biotipo, el vibrión colérico 0 139, en Asia. Algo similar viene sucediendo con la sífilis y la gonorrea.

La peste, en la India, cuando se acababan de cumplir cien años del descubrimiento de su agente causal por Yersin. La fiebre amarilla en Kenia; la fiebre del Valle del Rift en Egipto; la Shigella dysenterie resistente a las diversas drogas para tratarla, en Burundi; el dengue en centro y sur América, con 240.000 casos en 1995, y en Australia; la fiebre hemorrágica boliviana en Bolivia; la fascitis necrotizante en Europa, y la meningitis C en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Chequia y España.

Enfermedades que se pueden prevenir mediante vacunas, como la poliomielitis y la difteria, están afectando de nuevo a lugares que llevaban años libres de ellas, a causa del descenso en las coberturas vacunales, por desabastecimiento de vacunas a causa de la penuria económica y la crisis social, como es el caso de los Nuevos Estados Independientes de la antigua Unión Soviética; ó por oposición a la vacunación de minorías étnicas como la gitana en Bulgaria, en 1991, ó de comunidades religiosas en Holanda y Malasia en 1992, y en Canadá en 1993; o por fallos en la cadena del frío junto con problemas de saneamiento e incremento de la movilidad de la población, que formó el conjunto de factores responsables del brote de Albania en 1996.

Los grupos de personas de la población, que presentan un mayor riesgo de sufrir infecciones son quienes tienen su inmunidad disminuida, estando especialmente en riesgo grave: los ancianos, las personas que están siendo atendidas en hospitales y residencias, las personas con deficiente acceso a la atención sanitaria y los niños atendidos en guarderías cuyo número se ha visto incrementado en éstas últimas décadas a la par que un mayor número de madres jóvenes se integraban en el trabajo fuera de casa.

Carlos Gener Galbis


Fuente: Las Provincias.es
Publicado el: Viernes, 25 de abril de 2008

 
"Enfermedades emergentes: viejas conocidas y nuevas desconocidas"

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