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   ¡Pongan a Darwin en su sitio!

Resulta que este deslucido insecto protagonizó el primer episodio enteramente filmado de los mecanismos de selección natural, narrados y mostrados por Charles Darwin exactamente un siglo antes (en 1859). Un tal Niko Tinbergen, famoso etólogo japonés dueño del mismo vicio que todos sus paisanos (fotografiar cuanto se pueda y filmar a mansalva), tuvo la puntada de seguir el experimento del profesor Kettlewell, en Manchester. Miles de polillas geómetras —unas vistosas, moteadas en blanco y negro y otras taciturnas y oscuras, apodadas “melánicas”— fueron lanzadas al medio ambiente polvoriento e industrial de aquella ciudad y sus cercanías.

Tinbergen localizó rápidamente su nuevo hábitat y colocó varias cámaras de primitiva televisión, para observarlas de día y de noche. No tardaron en aparecer sus depredadores, unos pajarracos pendencieros bastante acostumbrados a liar con chimeneas, humo y hollín, y hallar alimento entre las grasientas estructuras de metal y los árboles de los parques sobrevivientes. Las moteadas en blanco y negro fueron cosa fácil, pues sus alas contrastantes sobresalían de inmediato en aquel medioambiente grisáceo, mientras que las negras y discretas se camuflaban admirablemente entre los troncos sucios. Estábamos presenciando por primera vez en la pantalla, un ejemplo prototípico de presión selectiva darwiniana, una población de ciertas características que le daban una ventaja decisiva frente a otra y las acababa desplazando. Las melánicas sobrevivieron, se multiplicaron y se adaptaron a su nueva casa, mientras que sus primas, menos circunspectas, fueron abatidas u obligadas a emigrar. Esa película constituye un clásico, el paradigma debidamente editado y narrado sobre la que nació el gran género del cine documental sobre la naturaleza.

Desde entonces esa historia es contada y filmada de muchas otras formas y en muchos otros escenarios alrededor del mundo, pero quien nos habla con música de fondo, quien lo narró primero y mejor que nadie fue Charles Darwin, el naturalista de paciencia infinita, capaz de “mirar tres días consecutivos y sin parar, a la misma tortuga”, autor del libro de biología más importante jamás escrito y en muchos sentidos, un reformador de la concepción moral y filosófica del hombre (al menos en Occidente).

Porque con Darwin “la Humanidad era consecuencia de un proceso que nunca tuvo al hombre en mente”, no sólo no hay un gran diseñador, sino que la selección, la lucha por la existencia y el azar —el azar subrayado—, se imponen como la única explicación demostrada.

¿Demostrada? Sí, probada, larga y sistemáticamente.

Una hipótesis típicamente darwinista sostiene que el hombre desciende de otras especies ancestrales que ya desaparecieron. En sus tiempos había poca evidencia, pero Darwin contaba con el estudio metódico de lo que ocurre con muchos otros animales y plantas ¿por qué si para todas las criaturas las leyes de la selección natural se imponen con férrea necesidad, el hombre tendría que ser una excepción? Y resulta que con el paso de los años empezaron a aparecer fósiles de esas otras especies intermedias predichas por el biólogo inglés, homínidos que no son ellos (los simios) pero tampoco nosotros (los hombres). Y mientras más aumenta la potencia de los métodos científicos, más firme sigue el planteamiento de Darwin. El ejemplo más claro lo tiene la biología molecular, pues permite comparar con precisión la estructura genética de distintas especies, y al hacerlo, resulta que el genoma humano es muy parecido al del chimpancé y mucho menos emparentado con el de otras especies, más alejadas, digamos los mamíferos delfines.

Eso se llama ciencia: cuando se comprueban muchas veces las predicciones de una misma hipótesis, la cosa se convierte en teoría, en una idea sometida a prueba y que se ha demostrado repetidamente. Dicho de otro modo: lo que expuso Darwin es un hecho rotundamente cierto. Lo cual no quiere decir que todo lo que dijo Darwin sea correcto o que no se haya equivocado en aspectos importantes. En una hermosa y vieja edición de 1985, “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia”, debida al Conacyt, ilustrada y prologada por R. Leakey (¡sí, el descubridor de “Lucy”, la célebre homínido de Tanzania!), se planteaba lo siguiente: “Pocas teorías han sido tan discutidas y pocas han suscitado tantos esfuerzos para ser derrumbadas. Muchos otros descubrimientos han introducido matices, han aportado nuevas explicaciones que no pasaron por la cabeza de Darwin, pero la ciencia de la herencia y la bioquímica están preparando el terreno para una unificación de la biología en la que el capellán inglés sigue jugando un papel estelar... así sea desde puntos de vista inesperados y desde formulaciones inimaginadas” (p. 72).

¿Qué quería decir Leakey? Pues que a estas alturas el darwinismo no basta para explicar la evolución. El descubrimiento del gen Eyeless, es uno de esos puntos de inflexión que han venido a corregir los mecanismos que Darwin explicó. “El gran descubrimiento de la biología contemporánea es que la evolución es extraordinariamente conservadora. La espectacular variedad de formas vivas que vemos por todas partes se ha generado con los mismos módulos, o subsistemas genéticos, que organizan el desarrollo de todos los animales. La evolución no genera novedades mediante la acumulación lenta y gradual de pequeñas variaciones adaptativas, como postula el darwinismo más primitivo, sino probando nuevas combinaciones de esos módulos genéticos universales” (Stephen Jay Gould ¿Está emergiendo una nueva teoría general de la evolución? 1997).

Otro científico y polemista muy conocido entre nosotros, Richard Dawkins (el autor del Gen Egoísta) lo mira así: “Lo que debe decirse, alto y claro, es que la teoría de Gould y de los evolucionistas biólogos moleculares modernos, reposan firmemente en el darwinismo. Siempre lo han hecho”.

Ver al mundo con los ojos de Darwin no resulta siempre agradable (como no resulta ningún deleite ver esas espantosas escenas proyectadas por Discovery de tarántulas preñadas por avispas usurpadoras que les inoculan huevecillos en sus barrigas para que nazca sana una nueva generación, en medio de la nausea de la araña) y eso es lo inquietante, su principal desafío: el recordatorio de que este mundo, incluyendo a la Humanidad, ha sido construido por mecanismos ciegos, innobles, porque la evolución no tiene un objetivo sino que es resultado de luchas y mecanismos contingentes frecuentemente casuales. A partir de Darwin, somos un subproducto no buscado, y el objetivo de nuestra existencia, si lo hay, ha de buscarse por nosotros mismos.

Al final de su vida, en su Autobiografía, Darwin, el viejo sabio que alguna vez quiso ser clérigo y entregar su inteligencia a la misa y la oración, escribió: “No podemos pasar por alto la probabilidad de que la inculcación constante de una creencia en Dios en la mente de los niños produzca un efecto tan fuerte, y quizá heredado, en sus cerebros no totalmente desarrollados, que les resulte tan difícil librarse de su creencia en Dios, como a un mono de su miedo y aversión instintivos a una serpiente”.

Igual que hoy, ayer, en vida de Darwin, hubo un personaje que se dedicó a denostarlo furiosamente. En 1853, organizó una cena de año nuevo con otros 21 connotados científicos dentro de los huesos de un gigantesco dinosaurio que él mismo había logrado reconstruir. Era Richard Owen, el anatomista, taxidermista y filósofo victoriano que bautizó a los dinosaurios y que dio un impulso sin precedente a la reputación del Museo Británico. Y aunque el descubrimiento de las criaturas desaparecidas mediante fósiles espectaculares había puesto en tela de juicio la letra bíblica de la creación, Owen respondía ingeniosamente diciendo que debíamos suponer “...sucesivas creaciones y extinciones masivas, ya que el Génesis se ocupa solamente de la última creación”. No obstante sus evidentes argucias intelectuales, la museografía natural que conocemos hasta hoy sigue en deuda con el trabajo de Owen y tal fue el argumento por el cuál su estatua presidió durante casi un siglo la escalinata principal del monumental recinto.

Pero ya no. El blog de Jesús Silva Herzog nos informa que el Museo de Historia Natural de Londres, este mismo mes, acaba de devolverle a Darwin el lugar en ese quicio. Su reubicación tiene como marco el 150 aniversario en el que se presentaron —en la Sociedad Lineana de Londres— los trabajos independientes de Charles Darwin y Alfred Wallace sobre la evolución de la vida en la tierra y la doble conmemoración de El origen de las especies y del nacimiento de Charles, en 1809.

Es un buen momento para comenzar una gran celebración mundial con el pretexto de esas redondas cifras. Buena hora para atajar las supersticiones, creacionistas y las chifladuras, tan en boga, de la “cienciología” y el diseño inteligente. Es el año de Darwin, y había que ponerlo en su debido sitio.


Fuente: La Crónica de Hoy
Publicado el: lunes, 25 de agosto de 2008

 
"¡Pongan a Darwin en su sitio!"

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