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Dos de cada diez veterinarios piensan en abandonar la profesión y hasta el 49 % podría sufrir ansiedad

El Proyecto Calidad de Vida realizado por AVEPA y la Universidad Autónoma de Barcelona alerta sobre el concepto de “fatiga por compasión” que padecen muchos veterinarios clínicos.


Jaume Fatjó, codirector del estudio de AVEPA; María Vitoria, secretaria del Colegio de Veterinarios de Valencia y Antonio Campos, delegado de AVEPA en la Comunidad Valenciana.Jaume Fatjó, codirector del estudio de AVEPA; María Vitoria, secretaria del Colegio de Veterinarios de Valencia y Antonio Campos, delegado de AVEPA en la Comunidad Valenciana.

La imagen que suele tener el veterinario clínico es la de un profesional vocacional, que disfruta con la atención a los animales, del trato con las personas y que logra hacer de ello su forma de vida. La realidad hoy es muy distinta y existe una cara mucho más cruda, no tan conocida pero cuyo análisis ya ha generado abundante literatura científica al respecto en otros países, como Reino Unido o EE.UU., donde incluso se ha dado la voz de alarma por los elevados índices de suicidio existentes.

El Proyecto Calidad de Vida fue presentado el día 11 de noviembre en el Congreso de la Asociación de Veterinarios Españoles Especialistas en Pequeños Animales (AVEPA), la entidad que ha promovido este estudio en colaboración con la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Pero fue la semana pasada cuando se dieron a conocer sus conclusiones por primera vez en un Colegio de Veterinarios, en la sede del de Valencia (ICOVV), y en próximas fechas se hará lo propio en otros tantos colegios. El trabajo aporta luz sobre la situación emocional de la profesión en España y evidencia que hay motivos para la preocupación, que existe una problemática propia frente a la que conviene reaccionar. 

Fatiga por compasión

El informe, promovido bajo el proyecto llamado Vetbonds, habla de un concepto específico que padecen los veterinarios clínicos y que comparten con el resto de profesionales relacionados con la salud: la "fatiga por compasión". Es esta figura la que ayudaría a entender en parte las razones por las que 2 de cada 10 encuestados habrían pensado en abandonar la profesión en los siguientes 12 meses. Es más, según las escalas aplicadas a los participantes, sus autores concluyen que hasta un 49 % de los veterinarios encuestados mostrarían síntomas sugestivos de ansiedad y hasta un 20 % incluso de depresión. De igual manera, un 38 % valoraba directamente que su estado de salud (físico) era "malo o regular" y hasta un 47 % daba la misma respuesta en cuanto a su estado mental. 

Finalmente fueron 1.261 profesionales distribuidos por la mayor parte del país y algunos auxiliares técnicos veterinario (ATV) los que completaron de forma satisfactoria las preguntas planteadas pero más de 2.000 los que, de alguna manera, participaron en el proyecto. Se trata, por tanto, de uno de los estudios más ambiciosos realizado en esta materia en España. La secretaria del ICOVV, María Vitoria, calificó sus resultados de “demoledores”. Lo hizo durante su introducción al codirector de este proyecto, Jaume Fatjó, quien, siendo veterinario-etólogo (especialista en el comportamiento animal) trabaja en el Departamento de Psiquiatría y Medicina Legal de la UAB. 

“El vínculo con los animales nunca había sido tan intenso como ahora. Y, aunque eso sea algo muy positivo, es cierto que también eleva el grado de exigencia y expone al veterinario a mayores conflictos morales”, explicó Fatjó. Efectivamente, estos profesionales sufren también, como médicos o enfermeros, el síndrome del burnout, el "estar quemado" o estrés laboral y eso afecta a su productividad y capacidad de trabajo. Pero los animales no se benefician de la sanidad universal (que es sólo para las personas) y eso, unido a otros factores laborales propios del colectivo, “genera situaciones de tensión añadidas, de desgaste que son muy distintas en nuestra profesión”, matizó el codirector de este informe.

Según este estudio, la exposición frecuente al sufrimiento, a la muerte y al duelo, a veces, pero también a la crueldad y el trato no responsable con los animales en otras tantas, unido a las dificultades financieras que en muchas ocasiones se dan para asumir el coste de los tratamientos, expone constantemente al veterinario a dilemas éticos. Estos hechos, unidos a la propia cultura de entrega y de sacrificio vocacional alentada por la propia profesión, “son factores de riesgo que alimentan ese concepto de ‘fatiga por compasión’ que tanto afecta al veterinario”, continuó aclarando Fatjó. 

Fatjó reclamó por todo ello a las facultades de Veterinaria incluir en sus temarios asignaturas sobre cómo afrontar estas situaciones emocionales e instó a las asociaciones y colegios a actuar preventivamente en auxilio de estos profesionales. El Colegio de Valencia (ICOVV) mantiene desde hace años un programa que facilita a los colegiados que así lo soliciten una primera consulta gratuita con un gabinete psicológico especializado. Con todo, y dado que la ayuda externa con otros veterinarios que conozcan esta problemática, según el propio informe, es clave, quiere ampliar este plan y se plantea crear "redes de atención" formadas por colegiados con experiencia en este terreno para así detectar antes, prevenir y encauzar mejor las situaciones que se puedan plantear.

Este es uno de los objetivos de la certificación AVEPA-Vetbonds, que dedica uno de sus módulos a la prevención de la fatiga por compasión. Los profesionales con esta certificación constituirían una primera línea de intervención para visibilizar el problema, poner en marcha estrategias preventivas y facilitar el acceso de los afectados a profesionales de la salud mental.

Contexto laboral

Las respuestas dadas por los participantes del estudio a situaciones cotidianas de la profesión ilustran que el fenómeno de la fatiga por compasión se origina, en parte también, por la situación laboral de los veterinarios clínicos. Así, más allá de las condiciones salariales precarias en comparación con cualquier otro profesional sanitario, hasta un 25 % de los encuestados reconocía que, por causa de su trabajo, no podía “atender adecuadamente a las personas que dependen de mí”; un 42 % decía sentirse casi siempre o siempre “moralmente obligado a atender a un animal enfermo aunque sus cuidadores no puedan/quieran pagar el tratamiento”; un 70 % reconocían que, al menos 2/3 días por semana trabajaba más horas que las convenidas y en el 83 % de los casos tales horas no eran pagadas. Es más, otro 70 % advertía que cada día o varias veces por semana, dedicaba parte de su tiempo libre a tareas vinculadas a su profesión.

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