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El Gemca da recomendaciones para manejar problemas de agresividad canina

El Grupo de Especialidad en Medicina del Comportamiento Animal de Avepa ha publicado un posicionamiento sobre la dominancia en perros.


El Grupo de Especialidad en Medicina del Comportamiento Animal (Gemca) de Avepa ha publicado un posicionamiento sobre la dominancia en perros. En las últimas décadas, explican, hemos asistido a la popularización de la “teoría de la dominancia” y el uso extensivo de términos como “macho alfa” para explicar los problemas de agresividad de los perros hacia otros perros o las personas, y justificar así determinadas técnicas de adiestramiento abusivas. Se hace necesario por tanto aclarar de manera rigurosa el concepto de dominancia y jerarquía, y su potencial validez y relevancia en la especie canina, con el fin de evitar la perpetuación de ideas obsoletas o equivocadas que pueden ir en detrimento del bienestar de los perros y de la calidad del vínculo con sus propietarios.

¿Qué es la dominancia?

El Gemca explica que la dominancia es un concepto que procede del ámbito de la etología. Este constructo fue planteado como un principio organizador de las relaciones sociales entre animales con el fin de estructurar dichas relaciones y comprender así su complejidad. De manera breve, el concepto clásico de dominancia se refiere a la relación de dominancia-subordinación a largo plazo (estable) entre dos individuos (Drews 1993).

Para hablar de relaciones de dominancia en una pareja (díada) de individuos es necesario que exista una asimetría conductual entre ellos, bien sea en el acceso prioritario a los recursos o en la manifestación unidireccional de ciertos comportamientos y posturas de un individuo hacia el otro (por ejemplo, lamer los labios del individuo dominante por parte del subordinado) en ausencia de conflicto o competición. A continuación se describen los distintos tipos de dominancia propuestos que, en cualquier caso, tendrían el objetivo de evitar o disminuir la escalada de los conflictos en el grupo.

A pesar de que la dominancia es un concepto bien definido en etología, las relaciones sociales son complejas y difieren entre especies o entre grupos dentro de una misma especie, habiéndose descrito tres tipos de dominancia (de Waal 1986):

  • Dominancia agonística: se basa en el resultado de encuentros agresivos repetidos que resultan en ganadores consistentes que se convierten en los dominantes, siendo los subordinados los perdedores.
  • Dominancia formal: se establece a través del intercambio de información sobre el estatus a través de señales ritualizadas y/o de saludo que son independientes del contexto.
  • Habilidad competitiva: está relacionada con la motivación de los animales por obtener o poseer recursos, como la comida o el agua. El orden competitivo basado en prioridad al acceso a esos recursos no necesariamente tiene que ser el mismo que en el caso de la agresividad agonística o formal, pero habitualmente se correlaciona. 

El sumatorio de todas las relaciones de dominancia que se observan en un grupo social es lo que se define como jerarquía y, el rango, es la posición que cada animal ocupa en esa jerarquía. Conviene entender que el estudio de las relaciones de dominancia en un grupo social y la determinación de si existe una jerarquía y de qué tipo (lineal, circular, segregada por sexo-edad…), conlleva horas de observación y registro de las interacciones de cada pareja de individuos y la aplicación posterior de complejos test estadísticos para determinar la linealidad y la consistencia de la unidireccionalidad de las interacciones, entre otras medidas (Schilder et al 2014). Asimismo, el cálculo del grado de asimetría permitiría clasificar las jerarquías en despóticas, tolerantes, relajadas o igualitarias (Flack y de Waal 2004).

Como acabamos de ver, en etología la dominancia es un concepto descriptivo que atañe a una cualidad de la relación entre dos individuos (dominante y subordinado), y no a las características o rasgos de un solo individuo. Así, no hay razón para asumir que un individuo de alto rango en un grupo social, lo sea en otro grupo diferente. Asimismo, la dominancia no implica un “deseo” de ser dominante dentro de un grupo social (Bradshaw 2009). Esta definición etológica confronta con el debatido concepto de dominancia en el ámbito de Psicología, tanto en personas como en perros, donde sería considerada como un rasgo de personalidad que describe la predisposición de un individuo a ejercer el control al relacionarse con otros (Gosling y John 1999). Se ha sugerido por tanto que podría haber personalidades dominantes y sumisas en la especie canina, si bien es cierto que “atrevido” (seguro) y “tímido” (inseguro), también podrían ser etiquetas apropiadas, respectivamente, para los perros que tienden a mostrar casi siempre posturas elevadas o comportamientos sumisos hacia el resto de perros (Schilder et al 2014).

Más allá de su uso científico, la realidad es que el término “dominancia” se utiliza con frecuencia en el lenguaje del día a día, tanto en el ámbito del adiestramiento canino como entre los propietarios de perros. Según un estudio reciente sobre la percepción de dominancia de los propietarios de más de 1,000 parejas de perros convivientes a través de un cuestionario, los individuos valorados como dominantes mostraron prioridad al acceso de recursos, ladraban más, ganaban las peleas y compartían ciertos rasgos de personalidad como la mayor inteligencia, agresividad e impulsividad, entre otras características (Kubinyi y Wallis 2019). Aunque la dominancia así percibida pueda corresponder con algunos marcadores etológicamente válidos, es importante destacar que dominancia no es equivalente a agresividad. Debido a que una mala aplicación del concepto de dominancia puede llevar a interpretar de manera incorrecta las relaciones entre perros y de estos con sus propietarios, resulta importante aclarar qué sabemos a día de hoy sobre dominancia y jerarquía en el perro doméstico.

Estudios sobre dominancia en perros

Hasta hace unos años, la información sobre dominancia y jerarquías en perros era una traslación de los resultados de estudios procedentes de lobos en cautividad. En la actualidad, además de esa información, disponemos de un número creciente de estudios en diversas poblaciones de perros. A pesar de ello, el debate sobre la utilidad y validez de la dominancia para explicar el comportamiento de los perros persiste y es posible que se mantengan las discrepancias debido a que se puede llegar a conclusiones diferentes en función del marco teórico desde el cual se estudie el comportamiento social (Westgarth 2016).

Diversos estudios basados en la observación y registro de posturas y comportamientos de dominancia-sumisión en grupos estables o semi-estables de perros de vida libre (Bonnani et al 2010, Cafazzo et al 2010, Bonanni et al 2017), perros criados en recintos cerrados (Range et al 2015, van der Borg et al 2015, Bonanni et al 2017, Dale et al 2017) y perros (castrados) en guarderías caninas (Trisko y Smuts 2015, Trisko et al 2016), han hallado la existencia de una jerarquía de dominancia lineal, principalmente basada en la sumisión formal (por ejemplo, lamer los labios del otro) y demostración de comportamientos afiliativos (clásicamente catalogados como sumisión activa) de los perros de menor rango hacia los de mayor rango. En todos ellos, la edad se correlacionó con el rango social, siendo los animales más mayores los que ocupaban posiciones más altas y, en el caso de los perros de vida libre, los líderes en la conducción del grupo durante sus desplazamientos. Asimismo, todos los estudios coincidieron en señalar que los episodios de agresividad fueron muy poco frecuentes, de carácter leve y marcadamente ritualizados. En un estudio anterior en un grupo de perros (castrados) en una guardería, sin embargo, a pesar de observarse relaciones consistentes de dominancia y subordinación entre ciertas parejas de individuos, el concepto de jerarquía no pudo ser aplicado (Bradshaw et al 2009). Los autores de este estudio concluyeron que la dominancia no jugaría un papel relevante en las relaciones sociales entre perros, mientras que el aprendizaje y el reconocimiento entre individuos, además de los rasgos de personalidad, serían los factores determinantes.

En cualquier caso, todos los estudios anteriores hacen alusión a grupos de perros donde la intervención humana es escasa o limitada, lo que no se ajusta a la realidad diversa y compleja de los perros que viven en hogares. La variedad de posibles relaciones entre individuos convivientes se evidencia en un estudio que recoge la descripción en el largo plazo de 11 parejas de perros, donde se observó que ninguna mostró una relación de dominancia agonística, siendo la mayoría relaciones de dominancia formal caracterizadas por señales de sumisión unidireccionales (siempre del mismo individuo hacia el otro) y de afiliación; en otros casos, fueron igualitarias. Con el paso del tiempo, algunas relaciones cambiaron, pasando, por ejemplo, de formales a igualitarias, lo que subraya el carácter relativamente dinámico de las relaciones sociales en la especie canina (Trisko et al 2016). Hasta la fecha, no se han publicado estudios de observación sistemática (datos cuantitativos) de comportamientos de dominancia-sumisión/afiliación entre perros que conviven en el mismo hogar, por la dificultad metodológica inherente. No obstante, los estudios publicados basados en cuestionarios, coinciden en señalar que la edad estuvo relacionada con la mayor dominancia percibida por los propietarios (Kubinyi y Wallis 2019, Wallis et al 2020, Vékony et al 2022), de manera similar a lo observado en los estudios arriba comentados en perros de vida libre o confinados en recintos.

En cuanto a la relación entre los distintos rasgos de personalidad y dominancia entre parejas de perros que conviven en la misma casa, un estudio encontró que los perros percibidos como dominantes por los propietarios puntuaron más alto en asertividad y entrenabilidad (Wallis et al 2020).  Asimismo, otro reciente estudio basado en el modelo de los 5 rasgos de la personalidad mostró que los perros más extrovertidos, confiables (eficientes en el desarrollo de tareas, que no se distraen fácilmente) y curiosos (abiertos a la experiencia) puntuaron más alto en dominancia percibida, mientras que los más amigables puntuaron más bajo (Vékony et al 2022).

A pesar de la bibliografía revisada, resulta evidente la necesidad de seguir investigando sobre el papel de las relaciones de dominancia entre perros, especialmente en el ámbito doméstico, pero también sobre el papel de las relaciones afiliativas y la comunicación táctil (por ejemplo, descansar en contacto), la formación de amistades duraderas y  los comportamientos de reconciliación, además del papel del aprendizaje a través de la experiencias previas, y la influencia de la personalidad y el estado fisiológico de cada individuo.

¿Relaciones de dominancia entre perros y propietarios?

Si la aplicabilidad del concepto de dominancia y jerarquía a las relaciones entre perros ha sido y es objeto de debate, su validez y relevancia en el ámbito de las relaciones con las personas es algo todavía más cuestionado. Entendiendo estos conceptos y su origen desde el punto de vista etológico y evolutivo, numerosos especialistas en Medicina del Comportamiento consideran carente de rigor científico aplicar estos principios organizadores a las relaciones sociales de los perros con sus propietarios (Bradshaw et al 2016, Overall 2016). Sin embargo, otros autores, atendiendo a ciertas similitudes en la comunicación no verbal relacionada con el estatus social entre los seres humanos y los perros, asumen que los perros serían capaces de interpretar el estatus humano desde su perspectiva y que, por tanto, es probable que la dominancia formal también desempeñe un papel en las relaciones humano-perro (Schilder et al 2014). Se ha hipotetizado que este lenguaje “compartido” entre humanos y perros, unido al control de todos los recursos relevantes para los perros por parte de las personas, establecería naturalmente a estos en un estado de subordinación total (Wynne 2021).

De manera alternativa al marco teórico que plantea la dominancia, y en ausencia de estudios concluyentes que así lo justifiquen, existen otras evidencias alternativas (o complementarias) para intentar entender las complejas y diversas relaciones entre perros y humanos, derivadas de la extensa coevolución que han mantenido ambas especies en aras de la cooperación inter-específica (hipótesis de la cooperación canina, ver Range et al 2015), y que ha supuesto importantes cambios a nivel sociocognitivo y emocional en los perros, en comparación con su antepasado, el lobo (revisado por Kubinyi et al 2007, Nagasawa et al 2015). Un creciente número de estudios plantea que los perros formarían vínculos de apego (más que relaciones de sumisión) hacia sus propietarios, que constituirían una figura de referencia (más que de dominancia) para los primeros (Miklosi et al 2004, Payne et al 2015).

Como en todo grupo social, es posible que surjan conflictos, donde el perro manifieste agresividad hacia las personas, especialmente en el ámbito familiar. La incorrecta y sesgada aplicación del concepto de dominancia en la interpretación de esta situación, derivó hace años en su catalogación como “agresividad por dominancia”, según la cual los perros responderían de forma agresiva hacia sus propietarios con el fin de defender su supuesto estatus social en la familia o la posesión de un recurso, como la comida o el lugar de descanso. Sin embargo, a día de hoy se reconoce que en la extensa mayoría de casos, el problema de agresividad hacia la familia no se trataría de un conflicto jerárquico, sino que estaría relacionado con la protección (control) de recursos valiosos o la defensa frente a manipulaciones percibidas como amenazantes para el perro, donde la dificultad del animal para predecir lo que va acontecer, el aprendizaje y el miedo, especialmente si hay castigos excesivos, jugarían un papel determinante (García-Belenguer et al 2022). A estos factores se debe sumar la posible contribución de enfermedades orgánicas, especialmente aquellas ligadas a dolor o malestar (Camps et al 2018, Fatjó y Bowen 2020, Mills et al 2020), o de alteraciones a nivel neurobioquímico (por ejemplo, en el sistema serotoninérgico) (Rosado et al 2010, Vermeire et al 2011), que podrían aumentar la frecuencia de conflictos y dar lugar a la manifestación de agresividad de carácter desproporcionado o impulsivo (sin señales de aviso).

A pesar de la evolución en la concepción del problema desde el ámbito clínico y científico, el discurso sobre la “teoría de la dominancia” y el “macho alfa” sigue calando en la sociedad, en parte por la influencia que ejercen ciertos programas populares de televisión sobre modificación de conducta en perros que perpetúan estas ideas erróneas.  El arraigo de estas creencias es tan marcado, que incluso conductas como la demanda de atención (ladrar o dar con la pata), pasar primero por las puertas o tirar de la correa son interpretadas como “dominancia” sobre el propietario. La percepción equivocada del origen de estos problemas justificaría el uso de técnicas aversivas de adiestramiento basadas en el castigo o la fuerza para “mostrar al perro quién es el jefe”, como tumbar y mantener al perro boca arriba (alfa-roll) o de lado (dominance down). Precisamente, se ha demostrado que el uso de estas técnicas conlleva con frecuencia respuestas agresivas por parte del perro, incrementándose por tanto el riesgo de los propietarios de ser mordidos (Ziv 2017). Incluso aquellos autores que sostienen la validez del concepto de dominancia formal en el seno de las relaciones perro-humano se alejan frontalmente de este tipo de técnicas aversivas (Wynne 2021) y subrayan que imponer una posición dominante por parte de un ser humano puede implicar riesgos considerables y que, por lo tanto, debe evitarse (Schilder et al 2014).

Entendiendo la complejidad y el debate que suscita el tema de la dominancia en la especie canina, quizás irreconciliable desde las distintas perspectivas de estudio, algunos autores apuestan por un enfoque más pragmático enfocado a satisfacer adecuadamente las necesidades de los perros y a evitar los métodos aversivos de entrenamiento (Westhgard 2016).

Recomendaciones para abordar los problemas de agresividad canina

Desde el Gemca quieren concluir ofreciendo una serie de recomendaciones generales para prevenir o manejar los problemas de agresividad canina en general, y hacia la familia en particular:

  1. En el caso de adoptar un cachorro, hacerlo después de las 8 semanas de vida, evitando un destete precoz, siempre que las condiciones en las que se encuentre hasta ese momento sean las adecuadas.
  2. Una vez adoptado, permitir una socialización adecuada del cachorro tanto con miembros de su especie como con personas (niños y adultos), lo que implica una exposición progresiva y asociada a un estado emocional positivo a estos estímulos.
  3. Saber reconocer y satisfacer adecuadamente las necesidades físicas, afectivas y mentales de cada individuo en particular.
  4. No molestar a los perros mientras comen o descansan, ni forzar los contactos (caricias), especialmente en animales miedosos, aprendiendo a reconocer las señales corporales y comportamiento que los perros emiten para comunicar su deseo de no interaccionar.
  5. Establecer un vínculo sano con el perro a través del afecto, el juego y las actividades al aire libre, constituyendo para él una referencia de calma y seguridad.
  6. Tener paciencia para enseñar al perro a adaptarse a nuestras normas de convivencia y ser consistentes en su educación, no variando arbitrariamente los límites establecidos.
  7. En el caso de querer adiestrar al perro en obediencia básica u otras disciplinas o habilidades, buscar profesionales que trabaje exclusivamente mediante técnicas de refuerzo positivo y descartar a aquellos que basan su filosofía de trabajo en el uso de la fuerza o herramientas como collares de ahogo o eléctricos.
  8. No usar la fuerza ni los gritos para corregir los comportamientos indeseados, incluidas las señales de agresividad.
  9. Asegurar los cuidados veterinarios necesarios, y tratar cualquier enfermedad, incluyendo especialmente los procesos que cursan con dolor o malestar crónico.
  10. Contactar con un veterinario especialista en Medicina del comportamiento (etólogo clínico) cuando aparezca un problema de agresividad para que realice un abordaje integral del mismo teniendo en cuenta no solo el comportamiento problemático sino también la salud física.

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