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Cómo prevenir y curar la obesidad de los perros con la dieta


Pier Paolo Mussa. Dr. Med. Vet. DECVCN
Nutrición y Alimentación Animal. Facultad de Veterinaria de Turín
Traducción Roberto Elices
Imágenes archivo


La obesidad es la enfermedad actualmente más difundida y más incomprendida, a pesar de ser facilísima de diagnosticar. La falta de reconocimiento es debida, probablemente, al hecho de que se trata de una falsa enfermedad, que se instaura lentamente, por lo que el ojo del propietario se acostumbra y, para cuando consigue darse cuenta, ya es demasiado tarde. Su incidencia, sea en los seres humanos o en los carnívoros domésticos de las sociedades acomodadas, supera con creces la de los fenómenos carenciales. Se estima que, en dichas sociedades, alrededor del 25% de los individuos adultos y el 24-44% de los perros serían obesos, mientras que únicamente el 2-3% de los perros se considerarían flacos.
El incremento de la obesidad ha sido constante en los últimos decenios:
• años ‘60 y ‘70: 10 - 20%
• años ‘80 y ‘90: 20 - 30%
• años ‘00: > 30%
Las causas principales son atribuibles a la sobrealimentación, a la creciente disponibilidad de alimentos muy apetecibles y a un estilo de vida más sedentario.
La incidencia de la obesidad aumenta conforme lo hace la edad del animal y debido a la esterilización.
La elevada incidencia de la obesidad en el ámbito de la población canina y la gravedad de las consecuencias que de ello derivan deberían estimular una acción preventiva sistemática por parte de los veterinarios. Tal acción debería implicar prioritariamente la formulación de un correcto plan de racionamiento y su confirmación mediante controles periódicos de peso del animal.

Cómo prevenir la obesidad
Es ampliamente sabido que la prevención de las enfermedades es preferible a la cura; por lo tanto, proporcionaremos algunos consejos sencillos que, aplicados con constancia, permitirán prevenir la obesidad.

La determinación de las necesidades energéticas de los perros
La determinación de las necesidades energéticas de mantenimiento, junto a la del contenido energético de los alimentos, representa la clave para el racionamiento.
Examinando la literatura, antigua y reciente, sobre la alimentación del perro, resalta cómo han sido relativamente pocos los trabajos efectuados sobre este importantísimo tema respecto a aquellos sobre las necesidades proteicas, minerales o vitamínicas.
En el perro, las variables que pueden modificar la necesidad de mantenimiento son numerosas y ponderalmente relevantes. Su evaluación se vuelve así indispensable para poder proceder a una correcta estimación de la necesidad.

Las principales variables a considerar son las siguientes:
La temperatura del ambiente: dado que la zona de neutralidad térmica de los perros de pelo corto está situada en torno a los 25 °C y la de los perros de pelo largo a 14 °C; los consumos energéticos fuera de tales zonas han sido calculados por Manner y pueden variar del 10 al 50%.
El trabajo digestivo: la llamada acción dinámico-específica, esa especie de impuesto energético que grava sobre el uso de los nutrientes, tiene una cierta influencia en el perro que varía en función de los nutrientes procesados.
El comportamiento, que influye en la magnitud del movimiento, con un consiguiente derroche energético que, en determinados individuos, puede ser relevante. Obviamente, por movimiento se entiende por aquél espontáneo, realizado por el animal en su ambiente, y comprende el inducido por los estímulos ambientales (ruidos, vista de personas, animales o cosas, compañía de otros animales...).
En la tabla 1 hemos referido las ecuaciones de cálculo de las necesidades energéticas propuestas por varios autores, tratando de destacar, en función de las condiciones experimentales descritas y a nuestra propia experiencia, las indicaciones más comunes para la aplicación práctica.
Los límites de este sistema residen en el hecho de que la evaluación del comportamiento es subjetiva y no objetiva. La experiencia profesional puede mitigar esta desventaja.

La determinación del contenido energético del alimento
Otro aspecto de la cobertura de las necesidades energéticas está representado por la cuota de energía aportada por la ración. En la práctica se utilizan los datos proporcionados por los productores de piensos o, a falta de ellos, coeficientes de transformación energética de los diversos principios nutritivos que varían de 4 a 3,5 para los extractivos libres de nitrógeno y la proteína, y de 9 a 8,5 para las grasas. Los primeros son factores propuestos por Atwater, los segundos son una modificación suya, sugerida por la constatación de que la calidad de las materias primas y de los procesos tecnológicos utilizados en ellas determinan variaciones importantes de su digestibilidad y, por tanto, del rendimiento energético. De hecho, los factores de Atwater suponen una digestibilidad muy elevada, igual al 98% para los carbohidratos, 96% para las grasas y 90% para las proteínas, y tienden a sobreestimar la energía presente. Por otra parte, aquellos modificados pueden subestimarla o también sobreestimarla. Por este motivo se ha propuesto un nuevo sistema de cálculo que, partiendo de la energía bruta, permite obtener la energía metabolizable, teniendo en cuenta el contenido de fibra de la ración. Las etapas del procedimiento de cálculo son las siguientes:
Cálculo de la energía bruta: EB kcal: (5,7 x g proteínas) + (9,4 x g grasas) + (4,1 x g extractivos libres de nitrógeno + g fibra).
Cálculo de la digestibilidad de la energía % : 91,2 – (1,43 x % fibra bruta sobre sustancia seca).
Cálculo de la energía digestible: (kcal EB x % energía digestible/100).
Cálculo de la energía metabolizable: energía digestible – (1,04 x g proteínas).

El cálculo de la cantidad de alimento a suministrar
Para calcular la cantidad de alimento a suministrar es suficiente dividir la necesidad energética entre el contenido de energía en un gramo de alimento: así se obtendrán los gramos de alimento necesarios. El resultado de este cálculo es susceptible de errores que podrían ser corregidos mediante un control periódico del peso del perro.


El ejercicio físico de los perros
El ejercicio físico puede ser problemático para el propietario por diversos motivos, pero queremos recordar que éste, además de para el animal, es bueno también para el dueño.
Pero vayamos por orden y limitándonos al consumo de energía, y por tanto, a la limitación de la posible acumulación de grasas superfluas. El motor del animal, para funcionar, necesita energía y los consumos de este carburante aumentan con el incremento de la intensidad de la prestación.
Las marchas más rápidas (carrera al trote o al galope) conllevan, obviamente, un mayor gasto energético; a igualdad de peso y de tiempos laborables, por tanto, un perro que galopa consumirá entre dos y tres veces más de energía respecto a un perro que se mueve al paso. No obstante, un perro que lleve a cabo un paseo de una hora a buen paso consumirá, para tal actividad, alrededor del 12% de su necesidad de alimento, mientras uno que corre o juega libre en un parque consumiría del 20 al 30% más. La tabla 2 proporciona indicaciones respecto a las cantidades medias de alimento “quemadas” durante los diferentes tipos de movimientos y su incidencia porcentual respecto a la necesidad diaria de mantenimiento:

El tratamiento del sobrepeso y de la obesidad
El sobrepeso es la antecámara de la obesidad y puede ser tratado con los mismos medios, resumidos a continuación.

Debe evitarse la ingesta de alimento extra,
pues el esfuerzo emprendido sería en vano.
• Elección de un alimento idóneo, de bajo contenido calórico y fabricado a propósito para animales que se encuentran en estas condiciones.
• Suministro de dosis adecuadas, corregidas eventualmente en función de la reacción del animal y de las sugerencias del veterinario; éstas normalmente aportan de un 20 a un 40% menos de energía respecto de la necesitada.
• Control y anotaciones periódicas (cada 2-3 semanas) del peso del animal.
• Agua fresca siempre a libre disposición del perro.
Durante el tratamiento para la pérdida de peso es indispensable controlar atentamente la cantidad de alimento suministrada ya que una excesiva disminución puede conllevar un aumento de la irritabilidad y desembocar en graves alteraciones del comportamiento. Los cambios realizados en el alimento deben afectar a la calidad más que a la cantidad.
Debe evitarse la ingesta de alimento extra, pues el esfuerzo emprendido sería en vano.
El tiempo requerido se cuenta siempre en meses: por lo que se necesitan paciencia y constancia.
Una vez conseguido el resultado no se debe bajar la guardia, porque la recuperación de peso está siempre al acecho y sobreviene rápidamente. Para evitarlo conviene controlar atentamente la cantidad de alimento suministrado y el peso del animal; sin estos dos datos fundamentales el veterinario no puede dar indicaciones de utilidad para corregir eventuales problemas.
El movimiento, como hemos visto anteriormente, implica un consumo de energía que, en nuestro caso, restricción alimenticia aparte, se concretará en un consumo de componentes corpóreos, en particular de la grasa excesiva. Un perro de 20 kg, que camina a buen paso durante una hora al día, podría consumir hasta 400 g de grasa corpórea al mes. El ejercicio físico puede, por tanto, acelerar el proceso de adelgazamiento y hacer menos pesada la restricción alimentaria.
Tanto la intensidad como la duración del ejercicio en los sujetos obesos deben ser programadas por el veterinario en función de las condiciones generales del paciente.

Conclusiones
La obesidad, también en los perros, puede ser definida como “la enfermedad del siglo” y requiere, por parte del veterinario, un acercamiento científico, pero también psicológico en lo que se refiere al propietario.
La disponibilidad de fármacos específicos puede facilitar el manejo terapéutico de la obesidad.
La prevención y el tratamiento no presentan grandes dificultades, pero la primera es absolutamente preferible a la segunda. Para poder evaluar la eficacia es indispensable el control periódico del peso del animal, que facilitará las indicaciones indirectas, pero precisas, para la corrección de la estimación de las necesidades energéticas y del plan nutricional adoptado. Esto permitirá asimismo prevenir las frecuentes reincidencias, que echan por tierra los esfuerzos y logros, y desmoralizan al propietario del perro.

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