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¿Por qué se llega a estudiar y ejercer la profesión de veterinario? Capítulo IV - Entrada al mundo laboral

Las memorias de un veterinario que es escritor, o de un escritor que es veterinario, con las que cualquiera se puede sentir identificado. Desde la elección de la carrera hasta el ejercicio en la clínica.


Veterinario y persona, persona y veterinario, y me animo a escribir este relato porque en estas fechas coinciden dos celebraciones muy importantes en mi vida: este año, celebro veinticinco años de licenciatura, veinticinco años de veterinario; y el año que viene celebraré cincuenta años de vida, cincuenta años de persona. Soy Daniel Carazo,  Esta es la historia de un veterinario, narrada desde que decide prepararse para serlo, hasta que alcanza la madurez y reflexiona sobre todo lo que le ha pasado hasta llegar a ella. Este es el cuarto capítulo de mi historia. 



Entrada al mundo laboral

Cuando ya estaba terminando los últimos meses de colaboración en el Centro de Recuperación de Aves Brinzal, por fin surgió la oportunidad que tanto estaba esperando: mis jefes del hospital veterinario decidieron ampliar servicios y plantilla, con lo que me ofrecieron trabajo formal en su clínica; y digo trabajo formal porque, en aquel entonces, la manera en la que empecé a trabajar aceptando su propuesta era bastante habitual para cualquier aspirante a incorporarse a un centro como donde yo lo iba a hacer. No sería así hoy en día.

Mi entrada oficial al mundo laboral no implicó, como cualquiera puede pensar, firmar ningún contrato ni tener una nómina fija. Para poder ejercer tuve que darme de alta en la Seguridad Social pero de una manera que en aquel entonces fue nueva para mí, y de la que ya por cierto no me he desvinculado el resto de mi vida: la del profesional autónomo. Aquella primera vez me extrañó que fuera así pero, tales eran mis ganas de empezar a trabajar, que ni lo cuestioné. Cuando por fin me ofrecieron entrar a formar parte de la plantilla del hospital yo, iluso de mi, intenté enterarme de qué suponía tener un contrato laboral para, en el momento de la firma, dar buena impresión y no parecer tan inexperto en esos temas; queriendo ser responsable, me informé de los diferentes tipos de contratos que se podían hacer entonces o que pudieran tener antiguos compañeros de estudios. Solo ese paso ya me permitió comprobar que, en el mundo del veterinario de pequeños animales de aquellos últimos años noventa, pocos papeles se hacían. Así que, cuando me senté delante de mis jefes para formalizar mi incorporación a su equipo, por lo menos me di por satisfecho con la ayuda que me prestaron para estar legal en la Seguridad Social. Por supuesto no me paré a juzgar la situación, tantas eran las ganas que tenía de empezar a sentirme veterinario. Ya os digo que, con el paso de los años, nunca he abandonado aquella figura legal que adquirí entones ante la autoridad laboral: siempre he sido autónomo y así sigo actualmente, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Excepto las sustituciones que hice en Aranda de Duero y alguna más que hice después —todas de muy corta duración—, jamás he tenido un contrato de trabajo.


El caso es que, aunque fuera de esta manera tan alejada de mis expectativas, por fin me incorporé a pleno rendimiento al equipo veterinario del hospital; eso sí, la única diferencia que noté a partir de ese momento es que empecé a ganar dinero, ya que dedicaba prácticamente las mismas horas que de estudiante pero dejándolo de hacer “por gusto”. Recuerdo que mi competencia laboral implicaba la atención presencial de las urgencias y hospitalizaciones nocturnas junto a la prestación de servicios a domicilio durante el día cuando un propietario así lo requería. Entraba a trabajar al hospital —normalmente de lunes a viernes, librando algún día según las guardias de fin de semana— a las ocho de la tarde, y estaba de guardia hasta las diez de la mañana del día siguiente, que era cuando acudían a relevarme mis compañeras y hacíamos el cambio de turno; en ese momento me iba a casa a descansar, eso sí, acompañado del “busca”, por si me requerían para una atención domiciliaria. El apodado “busca” —busca personas, para quien sea más joven y no lo haya conocido—, era un aparato rectangular, de unos diez o quince centímetros de lado largo, que llevaba enganchado del cinturón y que emitía un pitido cuando necesitaban localizarme; mi cometido ante esa señal era llamar lo antes posible al hospital para ver qué pasaba, con lo que, si en ese momento no estaba en casa, tenía que buscar una cabina de teléfono —los móviles estaban empezando a existir pero mi salario no me permitía todavía tener uno—, contactar con la clínica, recoger las instrucciones de la visita domiciliaria que tuviera que hacer, y salir corriendo a ella ya que normalmente era urgente. Además de eso, uno de cada tres fines de semana tenía que hacer guardia presencial de cuarenta y ocho horas en la clínica, atendiendo la consulta de urgencias desde el sábado hasta el lunes por la mañana.

¡Pero no todo era trabajo! Los martes libraba por completo —incluso de “busca”— desde las diez de la mañana que salía de guardia, hasta que volvía a entrar a las ocho de la tarde; recuerdo que esperaba con ansia ese día sin “busca” e, indefectiblemente, aprovechaba para desplazarme a cuarenta kilómetros de Madrid y comer tranquilo con quien entonces era mi novia, y hoy mi mujer.


Fue una época intensa y dura. Dejando a un lado las condiciones laborales —tan impensables hoy en día— a las que me llegué a acostumbrar, tengo que reconocer que estoy muy agradecido a aquel trabajo porque disfruté y aprendí mucho; siempre he reconocido que aquella formación, aunque brusca, me permitió madurar y posteriormente independizarme, sobrevivir y triunfar como veterinario. De aquellos días hay dos sensaciones —sobre todo de los primeros meses de ejercicio— que jamás se me olvidarán y que aprendí a sobrellevar con dignidad: el estrés y el cansancio.

Es fácil imaginarse los nervios que pude padecer ante mis primeras intervenciones como veterinario en solitario; había días en que, ya por la mañana, cuando me levantaba por ejemplo para empezar un fin de semana de guardia, me sentaba en la mesa de la cocina de mi casa y, ante la disimulada mirada de mi madre, tenía que llenar con cuidado la taza del café para evitar que el temblor de mi mano lo derramara antes de bebérmelo; y curioso fue también el momento en el que, creyéndome ya todo un profesional, me aventuré a sacar sangre —por primera vez fuera de la clínica— a una perra de la familia… Fui incapaz, pero no de encontrar la vena en la extremidad de mi pobre peluda, sino de controlar mi mano siquiera para intentarlo sin llegar a pincharme a mí mismo; esta vez la mirada disimulada fue la de mi padre.

Detalles que valen de ejemplo para comprobar el cansancio que acumulé en aquella época —a parte de las tres cirugías de quistes palpebrales que me realizaron, provocados por frotarme tanto los ojos debido a la falta de sueño—, pueden ser los momentos en que iba a buscar a mi entonces novia y, si tenía que esperarla un poco y me pedía que lo hiciera en el sofá de su salón mientras terminaba de preparase, yo quedarme allí sentado, sí, pero también profundamente dormido. También aquel día en que, tras una noche de guardia y recién acostado por la mañana, pitó el “busca” que velaba mi sueño y, cuando contacté con la clínica, me pidieron que fuera a atender unos gatos a un domicilio del centro de Madrid —debo decir en mi defensa que coincidió además que ese día estaba incubando un buen resfriado, por lo que decidí tomarme un preparado antigripal antes de salir de casa—. Cuando llegué al destino de mi urgencia, todavía más dormido que despierto y algo aturdido por el efecto de la medicación, me dirigí directo a los dos felinos que yo vi de reojo tumbados en un sofá, intentando demostrar mi seguridad a la nerviosa propietaria diciendo.

—¡Vamos a ver qué les pasa a estos pequeñines!

Cuando llegué a la altura de mis supuestos pacientes… ¡resultaron ser dos muñecos de peluche! El caso es que, por educación de la dueña de la casa, pude redirigir mi atención a los gatos de verdad —que me miraban altaneros desde lo alto de un sillón—, los atendí lo más dignamente que pude y les prescribí lo que necesitaban, pero en el hospital nunca jamás volvimos a saber nada de ellos, ni por supuesto de su perpleja propietaria.

Anécdotas como estas las tengo a montones, pero nada de eso impidió que el año largo que pasé allí, en la atención de urgencias, me forjara una identidad como veterinario, me atrevería a decir que también como persona, y que aquello me permitiera adquirir una experiencia profesional enorme. Consultas, cirugías, hospitalizaciones, análisis laboratoriales, gestión de casos clínicos, y muchas horas obligadas de estudio me hicieron progresar muy rápidamente, quizá demasiado; muchas veces me encontré solo ante los casos clínicos, pero siempre conté con el apoyo a distancia, sobre todo de mis compañeras de trabajo y también, por supuesto, de los directores del hospital quienes, aunque exigentes, siempre estaban pendientes del trabajo y evolución de su personal.


Nada es eterno y, como bien hablamos mi jefe y yo en aquella primera entrevista, el objetivo de montar mi propia clínica veterinaria, aunque olvidado al principio, acabó resurgiendo en mi interior, quizá provocado por mi evolución profesional y potenciado por la coincidencia de que, mi entonces novia —también veterinaria—, lo compartía conmigo. Así llegó el día en que los dos, conscientes de que iba a ser un proceso largo, decidimos iniciar la búsqueda de zona geográfica para instalarnos profesionalmente por nuestra cuenta. Debo decir en mi defensa que jamás tuvimos en cuenta las áreas de influencia ni del hospital donde estaba yo trabajando, ni del centro donde ejercía mi pareja, pero, aún así hoy en día, y tras haber compartido trabajo con muchos compañeros veterinarios, entiendo que tener en plantilla un veterinario que tiene tan claro que se va a independizar en cuanto pueda, y habiendo además muchos candidatos disponibles y preparados para sustituirlo, es una situación cuando menos difícil de mantener.

El caso es que, cuando hice públicos a mis jefes mis planes de futuro, abandoné el hospital digamos que un poco precipitadamente y —hoy sé que fue así— antes de estar preparado para iniciar mi propia actividad, lo cual tuvo su parte buena y su parte mala: la parte buena es que, al dejar de trabajar antes de lo previsto, tuvimos tiempo para planificar nuestra propia clínica con algo de calma y cordura; la parte mala es que fueron los primeros seis meses —y únicos en mi vida— que he estado sin trabajo, lo cual, acostumbrado al ritmo laboral tan fuerte que llevaba, fue una prueba de fuego tanto para mí, como para todo aquel que tuvo que aguantar mi inactividad.

Continúa leyendo el siguiente capítulo de Memorias de un veterinario

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