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¿Por qué se llega a estudiar y ejercer la profesión de veterinario? Capítulo V - ¡Por fin mi clínica veterinaria!

Las memorias de un veterinario que es escritor, o de un escritor que es veterinario, con las que cualquiera se puede sentir identificado. Desde la elección de la carrera hasta el ejercicio en la clínica.


Veterinario y persona, persona y veterinario, y me animo a escribir este relato porque en estas fechas coinciden dos celebraciones muy importantes en mi vida: este año, celebro veinticinco años de licenciatura, veinticinco años de veterinario; y el año que viene celebraré cincuenta años de vida, cincuenta años de persona. Soy Daniel Carazo,  Esta es la historia de un veterinario, narrada desde que decide prepararse para serlo, hasta que alcanza la madurez y reflexiona sobre todo lo que le ha pasado hasta llegar a ella. Este es el quinto capítulo de mi historia. 



¡Por fin mi clínica veterinaria!

Ya dedicado de pleno al objetivo de montar nuestro centro veterinario, recuerdo que reiniciamos el estudio para intentar elegir la ubicación idónea de nuestra futura clínica con criterio, no por impulso. Repasamos los datos demográficos de muchas poblaciones de la Comunidad de Madrid —de donde teníamos claro que no queríamos salir—, y los cruzamos con los datos de censo de clínicas veterinarias. El primer resultado de ese trabajo fue la elección de establecernos en la población serrana de Cercedilla, donde llegamos a tener local elegido e incluso proyecto y presupuesto para la reforma de este, pero vimos truncado nuestro impulso por el ansia del propietario del inmueble, quien debió de ver clara la oportunidad para aprovecharse de dos jóvenes noveles y, la noche antes de la fecha elegida para la firma del contrato definitivo de alquiler, añadió una cláusula totalmente abusiva que nos hizo renunciar a nuestro sueño y echar alguna lágrima de rabia e impotencia.

Fuertes en nuestra determinación continuamos el trabajo inicial y decidimos entonces montar la clínica en Coslada, población de las llamadas entonces “dormitorio”, situada al este de Madrid, y que en la actualidad ejerce prácticamente como un barrio más de la capital.

La decisión de esta segunda ubicación fue difícil y ya os digo que nuevamente muy trabajada. Ilusos de nosotros pensamos que una vez tomada, y asegurados los requerimientos de alquiler del inmueble para evitar repetir la experiencia anterior, el resto de los trámites para montar y abrir la clínica serían más fáciles… ¡Qué gran, y por otra parte lógica, equivocación! Esa primera decisión solo supuso tener disponible el lugar donde íbamos a ejercer, nada más.

El local donde nos íbamos a establecer estaba en bruto, es decir, tenía las paredes de ladrillo y el interior completamente vacío; nosotros, como es normal, contábamos con los recursos económicos justos para empezar, con lo que mucha planificación tuvo que salir de nuestra intuición y experiencia profesional acumulada hasta entonces; no pudimos solicitar asesorías profesionales.

Lo primero que tuvimos que hacer fue diseñar nosotros mismos la distribución del interior de nuestra futura clínica. Luego, con ese diseño casero, buscar un arquitecto para hacer los planos; menos mal que accedimos a uno cercano a la familia que, a parte de casi regalarnos su trabajo, nos trató fenomenal. Posteriormente empezamos a buscar y a trabajar con los constructores que hicieron la reforma, a quienes creo que les dimos algo de pena porque, tras los inevitables roces y discusiones típicas de todas las obras, en el balance final se portaron también muy bien con nosotros… ¡incluso nos regalaron algún metro lineal de enladrillado!

Una vez adecuadas las instalaciones, el siguiente paso fue llenarlas… Dicen que para los escritores es difícil enfrentarse al papel en blanco, ¡pues no digamos hacer lo propio al local vacío! Tuvimos que darnos a conocer en el mundo de los proveedores de recursos y material para clínicas veterinarias, lo cual fue otra experiencia inolvidable: contactábamos con gente experta y experimentada en el mundo comercial, y nosotros lo único que aportábamos eran muchas ganas y nuestra corta experiencia profesional, así que es fácil entender que la balanza estaba claramente desequilibrada. Fueron unos días en los que vimos como nuestras ya mermadas finanzas perdían fuerza a una velocidad espeluznante.

Aun a pesar de todas las dificultades, terminamos el año de mil novecientos noventa y siete con todo prácticamente preparado para que, tras los últimos trámites legales, el dieciocho de enero de mil novecientos noventa y ocho, pudimos —muy orgullosos y contentos— abrir al público las puertas de nuestro Centro veterinario La Colina, llamado así por estar localizado en una urbanización con ese nombre.


Inolvidables serán siempre los primeros días de trabajo en nuestra propia clínica. Ilusión y ganas rebosando por todos los poros de la piel. Los pacientes fueron acudiendo a nuestra consulta: unos enfermos de verdad, otros con supuestos problemas que solo justificaban la intención de quien los acompañaba para cotillear un poco y saber quiénes eran aquellos dos osados que se habían atrevido a abrir una clínica en una urbanización tan alejada del centro de Coslada, y otros simplemente por preguntar qué ofrecíamos de novedoso sobre lo que ya existía en la localidad. El caso es que, sin importarnos el motivo que les hubiera impulsado a entrar a nuestro centro, a todos ellos les dedicamos nuestro saber hacer y, con mucha paciencia y tiempo, fuimos haciéndonos con una base de clientes que nos permitió superar el siempre difícil inicio de la actividad.

Los primeros meses en la clínica los recuerdo divertidos, alternando el termómetro y el fonendoscopio, con el taladro y el destornillador. Igual atendíamos a un perro que venía a vacunar, que terminábamos de colocar unas estanterías, de ajustar las pilas de agua —las cuales, por economizar, compramos e instalamos nosotros—, o elegíamos y colgábamos los cuadros que hicieran más acogedor el ambiente. ¡No parábamos de hacer cosas!, y menos mal porque, si recordáis, abrimos en el mes de enero, lo cual significa que hacía bastante frío en Madrid; el presupuesto de la reforma no fue suficiente para empezar con un sistema de calefacción eficaz, con lo que aprovechábamos una estufa eléctrica que se dejaron los constructores para colocarla en la pequeña recepción y arrimarnos periódicamente a ella, cual abuela de pueblo al brasero. El trabajo físico nos ayudó a transitar de mejor manera a la primavera.

Vistas nuestras penurias por quien más nos quería y nos habían ayudado a llegar hasta aquí, heredamos de nuestra familia unos radiadores eléctricos —de aquellos de aceite—, los cuales viajaron por toda la clínica ya que igual los colocábamos en las consultas para templarlas antes de recibir a los pacientes, o bien los bajábamos a la hospitalización si teníamos algún paciente ingresado, o los colocábamos en el quirófano unas horas antes de cualquiera de las escasas cirugías que realizábamos en aquel entonces; pero nunca en todos las estancias a la vez. Así que, aunque nos permitieron coger con un poco más de facilidad el calor, lo tuvimos que hacer persiguiendo a los susodichos radiadores.


Es fácil intuir que tampoco empezamos con instalación de aire acondicionado, y todos sabemos que detrás del invierno, a pesar del descanso climático primaveral, acaba llegando el verano. ¡Qué calor! Sustituimos los radiadores por ventiladores, pero el juego de sube, baja, enciende y apaga fue el mismo, y el perseguir nosotros incansablemente la fuente de climatización volvió a ser una constante.

Superando esas adversidades con estoicismo, ayudados de prendas térmicas y mucho café caliente en invierno, o refrescos y limonadas fresquitas en verano, conseguimos rebasar el primer año de actividad clínica. Cuando veo fotografías de la clínica de aquellos tiempos y las comparo con lo que tenemos hoy en día, tengo que reconocer que me maravillo de nuestra actitud y fuerza de entonces. Puedo visualizar perfectamente el aspecto del local en mil novecientos noventa y ocho o noventa y nueve: la sala de espera con cuatro sillas plegables situadas al lado de unas estanterías de Leroy Merlin donde colocábamos el escaso género que teníamos a la venta; el pequeño mostrador de recepción casi exclusivamente ocupado por el monitor del ordenador, por supuesto de aquellos con más fondo que pantalla; las consultas impolutas y vacías de muchos medios tecnológicos de los que sí disfrutamos en la actualidad; la hospitalización con aquellas puertas de aluminio, que podían ser bonitas pero tan poco prácticas y que tuvimos que cambiar en cuanto las empezaron a usar —y a morder— los perros grandes; el hueco vacío donde teníamos programado colocar el aparato de radiología en cuanto pudiéramos adquirirlo; o el quirófano iluminado con focos de estudio de fotografía los cuales, por cierto, en invierno se agradecían mucho pero en verano ayudaban poco a dejar de sudar.


Mención aparte de todo esto se merece el tema informático ya que, a parte de nuestra propia evolución, los avances de la informática han sido espectaculares en todos estos años. Nuestro primer programa de gestión fue un libro de Excel diseñado por un familiar que “trabajaba en empresa”, y con él llevábamos el control de los pacientes, sus tratamientos preventivos, y la contabilidad. Cuando ya —limitados por las prestaciones del Excel— estábamos pensando en aprender Acces para mejorar la gestión de la base de datos, gracias al apoyo de una de las casas comerciales con las que trabajábamos pudimos adquirir un programa comercial que nos pareció maravilloso; eso sí, supuso una noche de instalación a base de disquetes y de traspasar la información que teníamos en el Excel, ¡y rezando para no tener ningún problema técnico!, porque eso de la asistencia técnica en remoto, por aquel entonces, es que ni se planteaba. Si implantáramos hoy en día este programa a una clínica recién abierta, los nuevos emprendedores se echarían a reír con ganas… y con razón.

En resumen, que arrancar un negocio es algo que ha cambiado mucho desde aquel año de mil novecientos noventa y ocho hasta la actualidad, y si hablamos de una clínica veterinaria, creo que más todavía. Lo que no ha cambiado en todo este tiempo es la ilusión que se supone a los principiantes y las ganas de triunfar que te animan a iniciar tu propio proyecto, las cuales tengo que decir que, a pesar de estar ya más que establecidos, nos siguen estimulando para esforzarnos cada día en mantener el sueño con el que empezamos a trabajar: ser veterinarios y ayudar a nuestros pacientes a tener una vida mejor.

Continúa leyendo el siguiente capítulo de Memorias de un veterinario

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