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¿Por qué se llega a estudiar y ejercer la profesión de veterinario? Capítulo VIII - Clínica o empresa

Las memorias de un veterinario que es escritor, o de un escritor que es veterinario, con las que cualquiera se puede sentir identificado. Desde la elección de la carrera hasta el ejercicio en la clínica. Por Daniel Carazo.


Veterinario y persona, persona y veterinario, y me animo a escribir este relato porque en estas fechas coinciden dos celebraciones muy importantes en mi vida: este año, celebro veinticinco años de licenciatura, veinticinco años de veterinario; y el año que viene celebraré cincuenta años de vida, cincuenta años de persona. Soy Daniel Carazo,  Esta es la historia de un veterinario, narrada desde que decide prepararse para serlo, hasta que alcanza la madurez y reflexiona sobre todo lo que le ha pasado hasta llegar a ella. Este es el octavo capítulo de mi historia. 



Clínica o empresa

Fueron pasando los años y, haciendo las cosas honradamente y bien, normalmente el esfuerzo y el sacrificio siempre otorga su recompensa, como así fue. Nuestra clínica veterinaria fue recibiendo cada vez más trabajo, lo cual, por un lado era muy bueno —además de nuestro objetivo—, pero por otro iba provocando que cada vez tuviéramos menos tiempo para atender a todos los pacientes tal y como se merecían. Esto es un hecho y no descubro nada nuevo: el exceso en el número de consultas lleva a recortes en los tiempos de atención, imposibilidad de cumplir completamente con los protocolos clínicos establecidos y, por supuesto, a cansancio físico y emocional; por mucho que te guste tu profesión y disfrutes practicándola —como era, y es, mi caso—, todo lo que se hace rodeado de estrés, con ansiedad por tener la sensación de no llegar a lo que tú mismo te has marcado, y además teniendo en cuenta que vivimos a diario situaciones emocionalmente muy intensas, acaba generando ese cansancio físico y fatiga emocional que por supuesto hay que evitar.

A medida que la clínica crecía e íbamos notando como nos iba pasando lo que acabo de mencionar, nuestra primera acción fue abandonar todos los trabajos adicionales que manteníamos hasta entonces para poder dedicarnos exclusivamente a nuestro centro. Pasamos a estar los dos en el horario completo y a pleno rendimiento, además de atender solo nuestras cirugías y urgencias. Con eso ya teníamos bastante porque, entre el incremento en el número de pacientes, y que el horario de atención de veinticuatro horas y trescientos sesenta y cinco días no lo modificamos, ocupamos todas nuestras horas del día… y de la noche.


Desde un punto de vista económico, al aumentar el trabajo, y seguir nosotros pasando todo el día en la clínica —sin generar gastos extras—, nos vimos con ciertos recursos monetarios que nos permitieron quitarnos todavía alguna más deuda pendiente y, sobre todo, seguir invirtiendo en mejorar las prestaciones de la clínica. Pero de esta manera nos vimos inmersos en una espiral que más pronto que tarde iba a requerir tomar decisiones: a más recursos, más inversiones, atendíamos más y mejor los casos clínicos, recibíamos más pacientes, aumentaban los ingresos, seguíamos sin tiempo —ni casi ganas— de gastarnos el dinero en otros menesteres y… vuelta a la inversión en equipamiento. Para nosotros fue un lujo, y una gran satisfacción, poder crecer profesionalmente, y hacer crecer la clínica, al ritmo que lo hicimos aquellos años gracias a nuestro esfuerzo.

Todo tiene un límite y a nosotros nos llegó el nuestro: la capacidad de trabajo rebosó su recipiente y eran más las ganas que teníamos, que lo que podíamos atender. Se nos hizo imposible pasar las consultas tal y como lo veníamos haciendo hasta ese momento, recibir las llamadas de teléfono mientras estábamos atendiendo o incluso en quirófano, ingresar las urgencias nocturnas y trabajar al día siguiente tras haber pasado la noche pendiente de algún paciente, levantarnos a cualquier hora de la madrugada para ir a la clínica o a domicilio a atender la urgencia por la que nos hubieran reclamado —y en ocasiones hasta dos o tres veces por noche—, o seguir trabajando todos los días del año sin coger ni una semana de vacaciones. Estaba claro que esa situación solo podía tener una salida: había que buscar ayuda… Llegó el personal contratado.

Como imagino que le habrá pasado a muchos compañeros, fuimos conscientes de que teníamos que buscar a gente para que trabajara con nosotros cuando ya no pudimos más. Es verdad que a nivel personal no nos apetecía demasiado dar ese paso, estábamos muy a gusto los dos solos y creo que nos daba un poco de miedo, pero si queríamos que la clínica siguiera creciendo —que era nuestro principal objetivo— para que pudiéramos seguir trabajando cada vez mejor y con más medios, no nos quedaba otra opción.

La primera persona que se incorporó al equipo fue una auxiliar veterinaria —quien debo decir que hoy en día, más de veinte años después, sigue trabajando con nosotros en la clínica y es uno de sus principales valores—, y poco tiempo después una veterinaria. Estas dos personas tuvieron que adaptarse a nosotros, y nosotros a ellas, lo cual, cuando no tienes ninguna experiencia en gestión de personal, no es fácil. Cuatro personas éramos pocos y eso llevaba a que nuestra relación, a parte de laboral, era muy personal; formamos una pequeña pero gran familia, y gracias al esfuerzo de todos conseguimos dar con éxito ese primer paso de crecimiento de personal.

Lo que lógicamente no pensamos entonces, fue que la ampliación que nos decidimos a afrontar no nos iba a suponer solo el saber delegar en las nuevas compañeras y repartir entre todos el trabajo, también implicó un cambio estructural en la clínica, quizá el más importante. Hasta ese momento, como teníamos una asesoría fiscal que nos gestionaba las cuentas y las pocas facturas que generábamos, no nos teníamos que preocupar a nivel administrativo de nada; pero teniendo personal a nuestro cargo tuvimos que aprender muchas cosas que nadie nos había explicado: implantar y calcular salarios, establecer turnos de trabajo, guardias y vacaciones, afrontar las bajas laborales, conocer nuevos impuestos a parte de los que ya nos asediaban cada trimestre… Aún así, lo más difícil para nosotros fue asumir que no íbamos a atender nosotros todo el trabajo, y que lo iba a hacer alguien a nuestro cargo y en nuestro nombre. Esto, después de tanto y tan intenso tiempo de dedicación en exclusiva, no fue tarea fácil para nosotros, ni para nuestros pacientes.


Tras algún acierto, mucha equivocación, y siempre intentando que las nuevas obligaciones no restaran tiempo ni calidad a la actividad clínica, nos dimos cuenta de que nuestro centro veterinario se había transformado: pasó de ser un medio casi de auto empleo, a constituirse en una microempresa; esto es como cuando tienes un hijo, de repente se hace mayor de edad y adquiere una autonomía que hace que ya no puedas controlar sus acciones y movimientos como antes. Es algo que te alegra, al mismo tiempo que te apena.

Dado el aumento de trámites burocráticos y papeles oficiales, tuvimos que cambiar de asesoría fiscal a una más cercana a la clínica —recordad que internet todavía era un lujo al alcance de pocos y había que llevar de forma periódica, y en mano, todos los papeles necesarios para la gestión de la empresa— y aprender a interpretar documentos que hasta ahora no nos habían generado el más mínimo interés. Aunque, incorporando gente al equipo de la clínica, ganamos en nuestro objetivo de poder atender más y mejor a los pacientes, también comprobamos que el trabajo administrativo aumentó exponencialmente, y parte de ese tiempo ganado al tener ayuda lo tuvimos que aprovechar para solventar los trámites burocráticos y mantener las finanzas de la clínica bajo control, sin correr riesgos de incurrir en más gastos de los que los ingresos nos podían permitir.

En resumen, que nuestra pequeña clínica veterinaria, aquella que abrimos con tanta inocencia e ilusión, la que queríamos que fuera cada vez mas grande pero nunca nos planteamos en concreto cómo conseguirlo, la que fuimos mimando y atendiendo con tanta pasión y dedicación, se hizo mayor y pasó de ser clínica, a ser empresa. Ahora, con la perspectiva del tiempo, tengo claro que cualquier actividad profesional que se inicia por cuenta propia ya es una empresa, por muy pequeña que sea, y así se lo explico a los veterinarios o estudiantes que pasan por nuestra clínica; pero en aquel entonces, ni había tantos conocimientos de gestión, ni me habían interesado lo más mínimo, con lo que al empezar la actividad nunca nos planteamos que, para alcanzar el objetivo que nos impulsó a terminar los cinco años de licenciatura y poder curar a nuestros queridos animales, además de ser veterinarios, teníamos que haber aprendido a ser empresarios… y durante nuestra formación no tuvimos esa suerte; a ser veterinarios nos enseñaron, lo de ser empresarios lo aprendimos a lo bruto, con la técnica del ensayo error, celebrando los aciertos y pagando bien caros los fracasos.

Continúa leyendo el siguiente capítulo de Memorias de un veterinario

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