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¿Por qué se llega a estudiar y ejercer la profesión de veterinario? Capítulo IX - Trabajo, más trabajo y mucho más trabajo

Las memorias de un veterinario que es escritor, o de un escritor que es veterinario, con las que cualquiera se puede sentir identificado. Desde la elección de la carrera hasta el ejercicio en la clínica.


Veterinario y persona, persona y veterinario, y me animo a escribir este relato porque en estas fechas coinciden dos celebraciones muy importantes en mi vida: este año, celebro veinticinco años de licenciatura, veinticinco años de veterinario; y el año que viene celebraré cincuenta años de vida, cincuenta años de persona. Soy Daniel Carazo,  Esta es la historia de un veterinario, narrada desde que decide prepararse para serlo, hasta que alcanza la madurez y reflexiona sobre todo lo que le ha pasado hasta llegar a ella. Este es el noveno capítulo de mi historia.



Trabajo, más trabajo y mucho más trabajo

¿En qué nos cambió la vida cuando asumimos ser veterinarios y empresarios al mismo tiempo? En nada, porque si resumo lo que vino después de esa transformación, tendría que usar las mismas palabras que ya usé para titular un capítulo anterior de esta historia: trabajo, trabajo y más trabajo.

El pequeño equipo que formamos en la clínica con las nuevas incorporaciones funcionó, y eso supuso que pudiéramos seguir creciendo, disfrutando de nuestro trabajo y a la vez asentando la empresa cada vez más. La parte clínica —y razón de ser— de nuestra actividad diaria, nos satisfacía de forma creciente; atendíamos a nuestros pacientes con mejores medios y cada vez con más conocimientos porque, algo importante al ampliar el equipo y conseguir con ello más tiempo libre, es que esas jornadas que podíamos salir de la clínica las dedicábamos casi en exclusiva a nuestra propia formación. Empezamos a disfrutar de muchos cursos que teníamos pendientes de hacer y en ellos, además de recibir la parte teórica y práctica necesaria para ser mejores veterinarios, nos pudimos relacionar con compañeros que estaban en la misma situación que nosotros, con especialistas que podían venir a nuestra clínica a prestar determinados servicios que nosotros no podíamos cubrir, o con compañeros dedicados al mundo comercial que nos abrían los ojos respecto a nuevas oportunidades de desarrollo para que la clínica siguiera creciendo. Desde entonces, y en muchas experiencias posteriores, la vida me ha enseñado una cosa de forma muy clara: las relaciones personales te ayudan a mejorar, y si es con gente de tu sector, con tus mismas preocupaciones y satisfacciones, o que ya ha pasado por ellas, mejor. Aprendes, junto a ellos, a trabajar cada vez mejor y a superar las dificultades que, en determinadas ocasiones, se te hacen un muro infranqueable pero que, cuando ves que son las mismas —o muy parecidas— a las que tienen tus colegas, aprendes a relativizarlas y a sobrellevarlas de una manera más coherente y relajada.


La formación adquirida y aplicada a nuestra actividad diaria, como no pudo ser de otra manera, supuso mejora y más trabajo para la clínica; y esa mayor carga de trabajo, como tampoco pudo ser de otra manera, supuso más necesidad de ayuda. Así, el personal de la clínica fue aumentando, muy poco a poco —porque es lo que siempre nos ha dado más miedo modificar—, pero de manera constante. Cada vez que llegábamos a un punto en el que comprobábamos que necesitábamos contratar a más veterinarios o auxiliares, tengo que reconocer que nos daba pavor. Normalmente estábamos en una situación de estabilidad laboral en la que, de mejor o de peor manera, habíamos conseguido un equilibro para estar todos más o menos a gusto en la clínica, pero la sobrecarga de trabajo suponía un esfuerzo para todo el personal tan intenso que corríamos el riesgo de romper esa estabilidad; incorporar a alguien nuevo a una estructura ya creada suponía reestructurar lo que ya funcionaba: otra vez turnos nuevos de trabajo, confiar en esa nueva persona, supervisarla y tener paciencia hasta que se hacía a la manera de trabajar de la clínica, que se llevara bien con los que ya estábamos allí, formarla en mayor o menor medida… Salíamos de la zona de confort a la que habíamos llegado para buscar otra nueva, por supuesto sin ninguna garantía de que lo fuéramos a conseguir. Además, recordad que, aunque con las incorporaciones de personal a la clínica llegábamos a atender a más pacientes, haciéndolo cada vez mejor, también se multiplicaban vertiginosamente las necesidades de conocimiento de gestión y recursos humanos. De esta manera llegó a mi vida algo que inicialmente nunca busqué: la formación exclusivamente empresarial lo más específica de nuestro sector posible para dirigir correctamente un centro veterinario como el que estábamos construyendo.

Mi actividad diaria se repartió entre seguir siendo —y disfrutando de ser— veterinario, con la gestión empresarial. Empecé a ser capaz de hacer yo mismo las innumerables plantillas de turnos de trabajo, los repartos de días libres y vacaciones que nos permitieran seguir atendiendo el ritmo de trabajo creciente de la clínica, la gestión de nóminas y pagas extras, la presentación de contabilidades trimestrales, la negociación con los bancos para las comisiones por servicios, la búsqueda de financiación para no estancarnos y seguir creciendo, los estudios de mesura y ahorro en gastos fijos y variables, la realización de presupuestos para evitar desastres financieros, el planear campañas que nos llenaran de trabajo los meses más flojos y nos permitieran mantener al personal todo el año… Un sinfín de detalles que eran —y son— imprescindibles para que la clínica se mantenga al día y funcione con un mínimo de calidad y saber hacer.

Mal no lo debimos hacer durante todo aquel tiempo porque la clínica siguió creciendo cada año. El personal pasó de ser aquella auxiliar y la veterinaria iniciales, a una plantilla que en la actualidad está compuesta por cinco veterinarios y seis auxiliares. Pero no todos los cambios han ido viniendo generados por el exceso de trabajo, sino que también ha influido el crecimiento, la madurez y la evolución de las condiciones personales del conjunto del equipo. Por ejemplo, el horario de atención a los pacientes: todos hemos ido creando y necesitando algo de vida fuera de la actividad profesional, esto supuso una primera decisión que fue cerrar media hora antes por las tardes para llegar a cenar con las familias respectivas; o asumir que, de abrir casi durante todo el fin de semana, tuvimos que ir pasando progresivamente a cerrar los sábados por la tarde y después también los domingos por la mañana, manteniendo la consulta ya solo el sábado por la mañana; o pasar de atender las urgencias las veinticuatro horas del día a ir reduciendo el horario de atención hasta mantenerlo únicamente de forma presencial hasta las doce de la noche. Cada cambio que aquí escribo en una línea, para nosotros ha supuesto una úlcera de estómago; para que os hagáis una idea, la decisión de terminar las consultas a las ocho y media de la tarde en vez de a las nueve —tal y como empezamos—, hoy me parece algo muy simple, pero entonces nos supuso horas de meditación y más de una noche sin dormir. Por nuestra manera de ser, siempre nos daba miedo modificar la estructura que teníamos y que estaba funcionando de bien, pero en la vida hay que aprender a valorar otras cosas, como que la gente que trabaja contigo va desarrollándose y haciéndose mayor junto a ti y que, aunque nuestra profesión nos sigue apasionando, todos necesitamos tiempo de descanso para compartirlo con las familias que van surgiendo a nuestro alrededor, cargar las pilas y poder afrontar el trabajo con la ilusión del primer día.

Para no perder el hilo, en la fase de nuestra trayectoria en la que vamos a terminar el presente capítulo, nos encontrábamos en una línea de crecimiento exponencial, tanto en trabajo como en dedicación al mismo. La clínica estaba asentada como empresa y nosotros habíamos adquirido una experiencia como veterinarios que nos permitía trabajar con mucha más seguridad y confianza. Aunque colaborábamos con centros de especialidad o especialistas autónomos, que nos ofrecían los servicios que no podíamos atender, nuestro objetivo era — y es— llegar a prestarlos nosotros; además estábamos adquiriendo una formación como gestores de negocio que nos ofrecía un camino cada vez mas seguro cuando salíamos de nuestro mundo entre pacientes y teníamos que negociar con proveedores o tratar con la administración. Vamos, ¡que estábamos a tope!



Continúa leyendo el siguiente capítulo de Memorias de un veterinario

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