MI CUENTA |

Las cuentas de la Salud


Antonio Arenas Casas

Presidente del Colegio de Veterinarios de Córdoba

Este verano nos sobresaltábamos con el brote de listeriosis y no han pasado ni seis meses cuando otra enfermedad, también con un origen animal, interrumpe nuestro sosiego. En este caso un síndrome respiratorio producido por un nuevo Coronavirus (denominado provisionalmente 2019-nCoV) que ha demostrado una elevada contagiosidad y que procede, cómo no, del Lejano Oriente.

Estos hechos no son raros, ya que cada año surge una enfermedad nueva o reaparecen con fuerza viejas patologías ya conocidas. Son las enfermedades emergentes. Por repasar los últimos años, recordemos el surgimiento de la influenza pandémica en 2009, del MERS-CoV en 2012, del Ébola en 2014, el virus Zika en 2015, la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo en 2016, la pandemia de peste porcina africana en 2017 o la mixomatosis de la liebre en 2018. ¡Y ahora, estas!

La opinión pública tiende a pensar que la medicina restauradora (la que se encarga de recuperar la salud perdida) adquiere una importancia relevante en estos casos, y en parte no le falta razón.  De hecho, el sistema sanitario público invierte una importante cantidad de recursos humanos, materiales y económicos en prestar los mejores tratamientos para las personas afectadas. Pero creemos que es interesante que el ciudadano conozca otra perspectiva. 

En efecto, si la restauración de la salud es importante, aún lo es más la prevención de la enfermedad. “Más vale prevenir que curar” es un castizo adagio español. Y en esto tenemos mucho que decir los veterinarios.

Desde hace tiempo sabemos que las poblaciones de murciélagos suponen una importante fuente de patógenos. Su etología promiscua, el hacinamiento y sus características inmunológicas, con mecanismos que amortiguan la reacción inflamatoria, llevan a una amplia resistencia a multitud de infecciones y, consecuentemente, facilitan su estado de reservorio de virus. De estas poblaciones de murciélagos proceden virus tan temibles como los del Ébola, el Marburg, el Nipah, el Hendra., pero también la inmensa mayoría de los coronavirus (CoV), casi 500 especies, entre ellos el “padre” del 2019-nCoV, como recientemente han demostrado los análisis de secuenciación del genoma completo. 

Todos los datos indican que la evolución del 2019-nCov desde los murciélagos al humano ha sido precedida de una fase de adaptación en una especie intermediaria, como ocurrió con el virus del síndrome respiratorio agudo grave (SARS), que recombinó en una civeta (un carnívoro parecido a la gineta) antes de infectar al hombre, o con el del síndrome respiratorio del próximo oriente (MERS), que recombinó antes en el camello.

Las características genéticas de los CoV hacen que mantengan escasos mecanismos de control sobre la transcripción (copia) de su ARN, dando lugar a frecuentes mutaciones, con lo que se generan multitud de cepas diferentes; aunque la mayoría de ellas se extinguen, otras se mantienen y forman especies víricas distintas a su progenitor. Pero el problema se complica cuando algunas de estas cepas saltan desde el murciélago a otra especie animal (que puede ser el hombre). Sabemos que, en este caso, la mayoría de estos virus generan un proceso autolimitante, pero otros se perpetúan generando una enfermedad emergente que alcanza significativas repercusiones en la sanidad animal o en la salud pública.

Así ha ocurrido con el CoV de la gastroenteritis transmisible porcina, procedente del CoV canino, o con los CoV de la diarrea epidémica porcina, de la hepatitis del ratón, de la peritonitis infecciosa felina, el CoV bovino o el de la bronquitis infecciosa aviar (que, por cierto, fue el primer CoV que se aisló, allá por 1932), procesos todos ellos de gran trascendencia en la patología infecciosa veterinaria. 

Podemos estar seguros de que la seguridad alimentaria en Andalucía es una de las más altas de Europa, manteniendo un elevado control de la cadena alimentaria (desde la granja a la mesa), pero cuando decisiones políticas rebajan los controles veterinarios (como ocurrió en Sevilla en el brote de listeriosis del pasado verano), la prevención de la enfermedad falla, y entonces es cuando tiene un importante papel la medicina restauradora. Por ello, para prevenir adecuadamente la presentación de enfermedades, es necesario un adecuado control de la producción primaria, extremando la vigilancia epidemiológica en el ganado, pero también en el medio natural, que como hemos visto se ha demostrado una importante fuente de riesgo. 

Precisamente no ayudan mucho los tiempos modernos, donde existe una fuerte tendencia a viajar a zonas exóticas, al contacto irresponsable con la naturaleza, a comer alimentos poco comunes, crudos o poco cocinados y a la poco conveniente costumbre de convivir con mascotas exóticas.

Creemos que la inversión en el control de patógenos en los animales, en el medio natural y en la industria alimentaria rebajarían significativamente la prevalencia de muchas enfermedades que resultaría en una disminución importante de las cuentas de la medicina restauradora, mucho más cara, y, consecuentemente, en un bienestar para la población.

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